lunes, 27 de marzo de 2017

LAS MARCAS DE LA VIOLENCIA LOS EFECTOS DEL MALTRATO EN LA ESTRUCTURACIÓN SUBJETIVA.Beatriz Janin*


En este trabajo desarrollaré algunas ideas sobre los efectos psíquicos del maltrato en la infancia, entendiendo que es fundamental detectar las secuelas que dejan los vínculos violentos.

Hablar de la violencia en relación a los niños nos lleva a pensar en un amplio espectro de violencias: violencia social, violencia familiar, violencia desatada a lo largo de la historia. La explotación de menores, los golpes, el hambre, el abandono, la no asistencia en las enfermedades, la apropiación ilegal, el abuso sexual, etc., son todas formas del maltrato... Golpes que incrementan el estado de desvalimiento infantil y que impiden el procesamiento y la metabolización de lo vivenciado.

Algunas cuestiones específicas demandan nuestro aporte como psicoanalistas: 1) ¿cuáles son los determinantes de la violencia de los adultos contra los niños?; 2) ¿qué efectos sufre la constitución subjetiva frente a los embates de la violencia adulta?; 3) ¿cuál es el lugar del psicoanalista frente al maltrato infantil y cuáles son las vías de elaboración que el psicoanálisis posibilita?

ADULTOS VIOLENTOS

¿Qué puede llevar a algunos adultos a ejercer tanta violencia sobre un niño?

Las familias violentas son generalmente familias muy cerradas, en las que no hay un intercambio fluido con el resto del mundo. Los vínculos intrafamiliares son de pegoteo y desconexión afectiva. Cada uno está aislado, absolutamente solo y a la vez no se puede separar de los otros. No hay espacios individuales y tampoco se comparte. Todo es indiferenciado y el contacto es a través del golpe o a través de funcionamientos muy primarios, como la respiración, la alimentación o el sueño.

Así, generalmente, cuando una familia se puede abrir al mundo y establecer redes con otros, la violencia disminuye.

A veces, se supone que se es propietario de los hijos como si fueran objetos. El hijo, su cuerpo y a veces también su pensamiento son vividos como algo propio que se puede manipular a gusto. También es frecuente que, cuando se tiene un hijo, el deseo sea el de tener un muñeco; no un bebé que llora, usa pañales, se despierta de noche, quiere comer a cada rato. Otras veces, se supone que el hijo viene a salvarlos. Y cuando esto, inevitablemente, se rompe, en algunas familias la ruptura de esa imagen resulta intolerable.

Hay algunas situaciones que suelen funcionar como desencadenantes del maltrato:

a) El llanto del bebé. En tanto hace revivir la propia inermidad, el desamparo absoluto, este llanto puede ser insoportable y se puede intentar acallar de cualquier modo. Es decir, un adulto que no tolera su propio desvalimiento puede entrar en estado de desesperación, e intentar expulsar lo intolerable golpeando a un niño, intentando silenciarlo. Del mismo modo, después, intentarán eliminar toda exigencia del niño, todo lo que los perturbe. Y los niños son siempre perturbadores.

b) El comienzo de la deambulación. La separación puede ser vivida como catastrófica por el adulto y lo incontrolable del niño que se mueve solo puede desatar respuestas totalmente violentas. Mientras el bebé no puede alejarse voluntariamente, los acercamientos y distancias son marcados desde la madre. Cuando ésta ubica al niño de acuerdo al juicio de atribución (es bueno si es parte de ella misma y malo si es ajeno a sí) al cobrar autonomía el niño pasa a ser un atacante externo, un demonio imparable, incontrolable. Las palabras de la mamá de Ana, (una nena de cinco años de la que hablaremos más adelante) ilustran claramente esta situación: “Nunca puede estar quieta en un lugar. De beba era un ángel. Comía y dormía. Empezó a gatear a los siete meses y a caminar a los diez meses. De ahí no he tenido descanso. Yo la metía en el corralito y ella se escapaba. Mis padres me dijeron que tenía que comprarle una jaula. Yo la encierro en el baño y se escapa, le pego y le pego y vuelve a moverse...”.

c) El control de esfínteres. Las dificultades en el control pueden ser vividas como ataques, como desafío a la omnipotencia parental. El clásico “me lo hace a mí”.

d) La entrada a la escuela, como salida al mundo y a una mirada social. El que el niño falle puede ser vivido como terrorífico. Cuando los padres no se ubican como diferentes al niño, pueden querer matarlo como si fuera un pedazo de ellos que no les gusta. Los propios deseos, las inhibiciones, lo otro interno insoportable se presenta muchas veces en uno de los hijos. Y entonces, hay que aniquilarlo, censurarlo, ubicarlo como un extraño. Curiosamente, es justamente aquel hijo con el que mayor es la identificación el que moviliza esta intensidad del rechazo. Lo propio visto como ajeno, como otro, aparece como siniestro.

Si tomamos la definición de André Green de la pulsión de muerte como desobjetalizante (“la perspectiva de la pulsión de muerte es cumplir en todo lo que sea posible una función desobjetalizante por la desligazón”(1) ), es decir que ataca al hecho mismo del investimiento, desde el adulto que maltrata podríamos pensar en un desinvestimiento del niño, un ataque a los lazos. Si los niños son molestos, irrumpen rompiendo la tranquilidad, la paz de los sepulcros, si son los que exigen conexión, es posible que lo que se haga sea matar la vida, dormirla, acallarla, transformarla en una secuencia monótona, a través de maltratar a un niño.

Pero también podemos preguntarnos: ¿a quién maltratan al maltratar a un niño? Generalmente, a lo insoportable de sí mismos, a aquello que quisieran destruir en sí mismos y retorna desde el otro. Y esto es fundamental: es lo propio insoportable que retorna desde el afuera lo que se quiere destruir, aniquilar, silenciar.

Los modos en que se erotiza a un niño y en que se le imponen prohibiciones, las vías de la narcisización y de la culturalización serán diferentes cuando los adultos que tienen a su cargo esas funciones tienen conciencia de que están frente a un sujeto, no un pedazo propio sino un ser, un “otro” con derechos.

El niño puede ser ubicado por los adultos como un inferior a ser dominado o como un igual al que no se le toleran las diferencias. Darle un lugar de semejante diferente, reconocerlo como tal, es básico para que pueda constituir un funcionamiento deseante, una imagen valiosa de sí y un bagaje de normas e ideales que lo sostendrán en los momentos de crisis.

En otras palabras, una función parental “suficientemente buena”, implica que los padres tengan normas incorporadas que permitirán en el niño la reasunción transformadora singular de su cuerpo y de su historia, a través de la constitución de una representación narcisista (de sí mismo) estable y coherente.

Es decir, el contexto debe conformar un ambiente que, sin ser “perfecto”, sea confiable y suficientemente estable, como para permitir la constitución de un espacio psíquico, de un yopiel y de una represión secundaria que interiorice las prohibiciones ya reprimidas por la psique parental.


TRANSMISIÓN DE LA VIOLENCIA

Hay una transmisión de violencia a través de las generaciones.

La transmisión puede ser fundamentalmente transmisión de agujeros representacionales, en tanto, como afirma S. Tisseron (2), cuando en una generación algo no es hablado (por vergüenza, angustia, temor, etc.), quedando como lo indecible, pasará a la generación siguiente como innombrable y a la tercera, como impensable. Es decir, este tipo de transmisión crea en el niño zonas de silencio representacional, dificultando el pensamiento.

Hay una memoria de marcas corporales, de agujeros, memoria en la que lo que se hace es “desaguar” recuerdos, memoria del terror que insiste sin palabras, sin posibilidades de ser metabolizadas... marcas de golpes, de momentos de pánico, de silencios colmados de angustia y vergüenza, de alertas. Lo que no pudo ser ligado, metabolizado, “digerido”, pasa en su forma “bruta” a los hijos y a los hijos de los hijos. Así, las angustias primarias, los terrores sin nombre, los estados de depresión profunda y de pánico, se transmiten como agujeros, vacíos, marcas de lo no tramitado. Tienen el efecto de golpes sorpresivos, frente a los que no hay alerta posible.

También hay una transmisión de modos vinculares violentos, que generan perturbaciones en las interacciones familiares. Hay recuerdos traumáticos abolidos de la memoria por una generación y expulsados hacia la generación siguiente. Recuerdos que retornan de diferentes modos y cuya repetición obtura caminos creativos.

El registro de diferencias, de cualidades y la posibilidad de nombrar, de historizar, de transmitir normas e ideales están ligados a la capacidad complejizadora materno-paterno y posibilitan el reconocimiento del niño como un otro semejante diferente.

DIFERENTES TIPOS DE MALTRATO:

1) Maltrato por exceso, por ruptura de las barreras de protección antiestímulo. El dolor arrasa con el entramado psíquico. La tendencia no va a ser entonces a inscribir huellas sino a expulsar todo lo inscripto.
Mientras que hay estímulos de los que se puede huir, los estímulos de los que estamos hablando son aquellos de los que no se puede huir, ya sea porque son sorpresivos y atacan de golpe, o porque se está encerrado, apresado en la situación dolorosa (padre que tira al chico contra la pared o padre que le pega sin parar durante mucho tiempo).

2) Maltrato por déficit. Ausencia de cuidados, de contención; es el caso de los niños abandonados, que quedan a merced de las propias sensaciones y exigencias internas. La libido no puede ligarse a nada, no hay mundo representacional a construir. Lo que se produce es un desfallecimiento precoz de las envolturas y una imposibilidad de elaborar la ausencia en tanto no hubo sostén ni presencia materna. Son traumas por vacío.
Es decir, tanto si desde el mundo se arrasa con las propias posibilidades, tiempos, ritmos como cuando se lo deja en un mundo sin investiduras libidinales, se ejerce una violencia desestructurante.

3) Hay también otros tipos de maltrato: cuando se fuerza a un niño a quebrar sus soportes identificatorios o se desconocen sus posibilidades y su historia. Las amenazas, la denigración permanente: “sos un desastre”, “sos tonto”, “sos malo” o las exigencias desmedidas dejan marcas de dolor.

¿Cuántas veces se hace con un niño lo que se hacía en los campos de concentración, es decir, quebrar sus parámetros identificatorios?

Sin pretender establecer una identidad, pienso que las personas sometidas a situaciones de extrema crueldad, cuya vida dependía permanentemente del poder de un otro, y cuyos testimonios son conocidos, nos pueden ayudar a pensar en lo que ocurre con aquellos niños sometidos a maltrato, muchas veces desde los primeros momentos de la vida.

Lo fundamental en esas situaciones es deshumanizar al otro, reducirlo a la pura necesidad a través del hambre extrema, para erradicar cualquier posibilidad identificatoria por parte de los ejecutores de la violencia.

En segundo lugar, quitarle todo aquello que lo identifique como alguien en particular (el nombre, que pasa a ser un número; su ropa, sus pertenencias, etc.)

En tercer lugar, imponer el dominio absoluto. El torturador tiene la vida del otro en sus manos, es amo y señor, decide acerca de la vida y la muerte.

Pero si alguien ha construido a lo largo de su vida ciertos parámetros internos, que son aquello de lo que no se lo puede desposeer (los pensamientos son aquello sobre lo que los otros no pueden ejercer poder), es posible que pueda sostenerse internamente a pesar del ataque externo.
Un niño difícilmente pueda diferenciarse del contexto. La violencia es siempre en él un interno-externo indiferenciable.

A diferencia de un adulto que tiene la posibilidad de contrastar su memoria con el presente, el niño no ha podido construir todavía una historia que le permita oponer otras representaciones a las que irrumpen en forma de maltrato.

Rosine Crémieux dice: “Según mi experiencia, la fuerza del lazo entre el niño que fuimos y nuestros padres aparece como uno de los elementos determinantes de nuestro comportamiento en el campo y de nuestras chances de sobrevida; contribuye a reforzar nuestro deseo de vivir...”(3). Y retoma las palabras de Jean Améry, planteando que la esperanza de obtener ayuda externa es uno de los elementos constitutivos del psiquismo.

Esto nos llevaría a preguntarnos qué ocurre cuando el maltrato es generalizado (de todos los miembros de la familia y también social) y por ende, no hay nadie de quien esperar ayuda externa. ¿Qué efectos de desfallecimiento psíquico puede traer el que no haya esperanza? Esto es algo a pensar en los niños que viven situaciones de extrema pobreza, en aquellos casos en los que sufren además violencia por parte de sus progenitores. En situaciones de catástrofe social, como la que se da en este momento en la Argentina, es frecuente que los momentos de desborde de los adultos recaigan sobre los niños.

También es importante diferenciar los efectos del maltrato cuando los maltratantes son ajenos al círculo íntimo o cuando son aquellos investidos libidinalmente. Esto último deja al niño sin escapatoria.

Por último, a diferenciar si el maltrato se da después de un tiempo o desde el comienzo mismo de la vida. Cuando el maltrato se da de entrada puede llevar a la imposibilidad de registrar sensaciones y afectos. Y a que “la sensación misma de vivir”, como registro de vitalidad, no se constituya.

VÍNCULOS INCESTUOSOS

Cuando el maltrato es ejercido por aquellos de los que depende la vida y el sostén amoroso, las zonas erógenas se constituyen marcadas por el dolor... con lo que predominan:

a) funcionamientos masoquistas (cuando el dolor no ha sido tan insoportable como para impedir la ligazón con Eros) y b) un cuerpo doliente, agujereado (cuando el dolor ha dejado como marca agujeros representacionales), en el que todo contacto es lacerante (son niños que rechazan cualquier acercamiento).

El yo de placer se estructura por identificación con una imagen devaluada o monstruosa de sí. Y hacerse cargo de la propia motricidad, del propio lenguaje, dominando el mundo se torna muy complicado cuando se lo supone siendo una suerte de muñeco en manos de otros o un monstruo a destruir...

La represión primaria no se puede estabilizar en tanto los que transmiten lo reprimido no lo tienen claramente instaurado.

Cuando una madre o un padre maltratan a un hijo, al mismo tiempo que muestran los deseos de destrucción, de aniquilamiento del otro, develan con su accionar el vínculo eró-
tico incestuoso y mortífero.

Sabemos que los dos dictados que posibilitan al sujeto advenir a la cultura son: la prohibición del incesto y la prohibición del asesinato. En muchas familias, ambos están permitidos...

“Pero el trabajo de la instancia represora no se puede producir, menos todavía lograr, en ausencia de dos aportes exteriores: las interdicciones pronunciadas por una instancia parental que se hace en esto «portavoz» de las exigencias culturales y en mayor medida el hecho de que esas prohibiciones recaen sobre lo que ya debe formar parte de lo reprimido de los padres, los deseos a que renunciaron en un lejano pasado y que ya no tienen sitio en la formulación de sus deseos actuales.”... “Toda cultura se basa en determinadas prohibiciones que ella debe respetar y que deben ser interiorizadas si no por la totalidad, al menos por la mayoría de los sujetos”(4), afirma Piera Aulagnier. Dificultad para que se instauren diferencias internas, que se organicen espacios y legalidades contrapuestas.

Es decir, la hostilidad manifiesta en el maltrato garantiza el vínculo indiscriminado, incestuoso e imposibilita la separación.

LUCAS Y TOMÁS

Voy a dar un ejemplo clínico:
Una mujer, muy angustiada, pide una primer entrevista para hablar de sus hijos. Lucas, de siete años, y Tomás, de cinco. Cuenta que en la casa se suceden las situaciones de violencia. Hace poco tiempo se separó del marido, que le pegaba e insultaba con frecuencia, tanto a ella como a los niños. Estas escenas se repiten a pesar de la separación. Él sigue entrando en la casa (ella no cambió la cerradura) y golpea a los chicos, sobre todo al mayor, que es a la vez su preferido.

Este hijo la maltrata, le grita y le pega. Se enferma con frecuencia (hace picos de fiebre con vómitos) y tiene ataques de asma. El padre lo castiga mucho, a pesar de lo cual él lo adora. Después de algunas entrevistas con ella, decido hacer una entrevista con la madre y los dos niños. 

Lucas se muestra altivo y orgulloso. Parece mucho mayor en su presentación. Habla todo el tiempo muy enojado, en un tono desafiante y adultomórfico Cuando se dirige a la madre, la insulta y por momentos le pega, diciendo que él hace lo mismo que el papá. Mientras tanto, Tomás dibuja. Pero cuando Lucas se separa de la madre él se le tira encima y dice que quiere tomar la teta. 

“Te quiero mucho, mamá”. La mamá se mantiene inmóvil tanto frente al ataque de Lucas como al acercamiento de Tomás. (Es claro el vínculo incestuoso en ambos casos). Cuando Lucas ve el dibujo del hermano, dice que es el dibujo de un mogólico, que es un estúpido, que parece un bebé tonto, y se pone a dibujar, con trazos precisos y cuidadosos. Tomás lo mira con odio y le dice: “Yo no sé cómo vos podéis preferir a papá, ¡qué vergüenza, que un hijo no quiera a su propia madre!” (con tono de repetir una frase ajena). 

Y después, cambiando el tono de voz: “Papá te pega todo el tiempo y vos queréis estar con él, sólo porque te compra cosas”. Lucas: “Sos un estúpido. (Le pega) Te voy a matar. Papá te pega a vos, le pega a mamá, pero a mí no.” Tomás se ríe. “A vos también te pega, ¿o no te acuerdas las palizas que te da?” Lucas se entristece asintiendo, pero inmediatamente dice: “No, no es cierto”. Rápidamente hace una raya en el dibujo de Tomás (que es muy infantil) y éste se enfurece, le saca la hoja a Lucas y se la rompe en pecados, gritando. Se trenzan en una pelea.

El ritmo de ambos niños es extremadamente rápido, pasando sin intervalo de una a otra cuestión y moviéndose en forma vertiginosa, gritando y golpeándose.

Durante toda la entrevista es muy llamativo el lenguaje de Tomás, que se torna incomprensible, con frases incoherentes, hablando de ovnis, luchas, guerras, etc., y siguiendo su propio discurso sin tener en cuenta a los otros, salvo en los momentos en que se pelea con Lucas, en que manifiesta enfáticamente el desacuerdo con su hermano. Sin embargo, aún ahí suele repetir frases ajenas. Se mueve con torpeza.

Este niño se accidenta con frecuencia. En la última semana se cayó de un árbol, de una hamaca y de la bicicleta. Suele llevarse todo por delante, lastimándose permanentemente. Está muy pegado a la madre y vive asustado respecto del hermano y del padre (con el que no quiere irse).

Los accidentes estarían denunciando el predominio de la pulsión de muerte en este niño, que se manifiesta en la compulsión repetitiva de los golpes. Predomina la regresión y la desestimación. No puede organizar una representación de sí que le permita coordinar sus movimientos, ni es dueño de sus palabras. Sin embargo, un intento de sostener un pensamiento cuestionador se insinúa, aunque generalmente su discurso es puramente una repetición del discurso materno.

Por el contrario, Lucas ha armado una coraza para defenderse de los embates de un mundo en el que no puede ser niño. Una identificación que opera como ortopédica con su padre le permite un funcionamiento de pseudo-adulto, pero la desconexión con sus sentimientos, y la desmentida que debe sostener le acarrean un costo altísimo.

En un momento dice: “mi papá se enoja demasiado, y además miente...” pero enseguida aclara “quizás todo sea imaginación mía.” ¿Todo qué? le pregunto. “Que me pegue, que la insulte.” A Lucas se le plantea un dilema: desmiente la realidad, desmintiendo sus percepciones o acepta un dolor insostenible ligado a la integración de la realidad. Le digo que me parece que le resulta menos doloroso pensar que él no puede ver, ni oír ni pensar, sino que todo es producto de sus fantasías, que pensar que ocurren cosas que le resultan insoportables. Se queda pensando y dice (muy angustiado): “¿Por qué tengo que recordar yo si ella (la madre) se olvida?”.

Este niño está enfrentado con una disyuntiva: o se identifica con ese otro todopoderoso, que arremete con los otros a su paso, debiendo sostener una posición imposible, o cae sometido frente al otro, debiendo entregar su propia capacidad de pensar. Así, Lucas dice: “debe ser imaginación mía”. La confusión y la depresión desemboca en estados de desconexión consigo mismo, en ataques de asma y episodios de fiebre con vómitos (sin causa orgánica aparente. Necesitaría testigos, relatos coherentes, testimonios de otros que constaten el maltrato, pero tanto la palabra de la madre como la del hermano son inconsistentes. ¿A quién creer?. ¿Cómo ser creído?.

Recordar que aquél al que ama actúa de un modo arbitrario y le provoca un sufrimiento intenso es insoportable. Es preferible suponer que alucina y delira a soportar la percepción y el propio juicio. Pero para destruir efectivamente su pensamiento debe destruir la capacidad de pensar. Pero Lucas duda…

Por momentos, afirma que el padre le pega “cuando me porto mal”. La idea de la propia culpabilidad lo alivia, porque plantea una salida posible. No es que él está a merced de otro arbitrario sino que es él el que provoca la violencia del otro y si modificara su conducta podría dejar de ser castigado. Es decir, hay una falta y un castigo en juego.

Tomás ha tomado otros caminos: su pensamiento se torna incoherente, no puede sostener el proceso secundario, tampoco puede hacerse cargo de su propia motricidad. Él no desmiente, pero hace regresiones importantes, desestima juicios propios y muestra una fragilidad permanente. Su cuerpo parece no responderle y sus pensamientos son prestados.

ANA Y EL MOVIMIENTO

Relataré otra viñeta clínica:
Consulta la madre por Ana, que tiene cinco años. Viene sola porque el padre “no tiene tiempo”. La madre dice: “Desde beba que es muy difícil de manejar. Es hipercinética. En la escuela (va a preescolar) la ven dispersa, no dibuja la figura humana. No se concentra. Suponen que no va a poder ingresar a primer grado el próximo año. Se porta mal todo el tiempo. No sé qué hacer con ella. Nunca obedece. Hace como si no escuchara. Le pego y me mira sin llorar. No puedo pasarme todo el día pegándole. Cuando la encierro hace un desastre. Si la encierro en el baño saca todo y abre las canillas. Si la encierro en la pieza saca la ropa del placard. Ya probé todo. Yo me vuelvo loca. A veces la mataría. Me agota. No tengo ayuda. Es tan terrible que no se la puedo dejar a nadie. Mi mamá se cansa con ella. Somos las dos solas. Estamos todo el día juntas. No doy más. Grito y le pego. No sé qué hacer”.

Ana me saluda, de entrada, efusivamente, como si me conociera. ¿Confunde lo familiar y lo extraño?. Abre su caja de juego, saca todo, abre mis cajones y toca todo lo que encuentra. Pregunta qué es, de quién es, para qué sirve. Por momentos habla como una beba. Es atropellada, torpe en sus movimientos. La madre le grita permanentemente.

Ella fluctúa entre gritarnos a ambas que le obedezcamos rápidamente, dándonos ordenes absurdas, y decir: “soy loca, soy tonta”, mientras tira al suelo todo lo que encuentra.

Toda madre ejerce un poder absoluto al abrir recorridos de placer y displacer, al otorgar sentido a su llanto, movimientos, gestos, al determinar qué satisfacciones están permitidas. Ella dice lo que el niño necesita, desea, siente. Esto, que permite que el otro se humanice, también implica la posibilidad de un exceso de violencia, de una imposición a ultranza de la voluntad materna, de una imposibilidad de reconocer que ese otro es alguien diferente a ella, alguien que va plasmando sus propios deseos. Ana queda atrapada en el caos, en la indiscriminación entre placer y sufrimiento. Y hace estallar al otro a la vez que estalla ella.

El psiquismo de Ana se está estructurando. Y ella corta y pega, intentando discriminarse. Pero su madre vive como peligrosos los intentos de separación y a la vez no tolera juntarse.

Avatares del narcisismo. Ella erogeiniza, excita, pero no puede hacerse cargo del desborde pulsional desencadenado, no puede ayudar a ligar, con la ternura, el erotismo. Y deja a Ana expuesta a sus deseos, que se tornan terroríficos e incontrolables.

El análisis de Ana transcurre en medio de estallidos pasionales, situaciones de extrema violencia. Se tira encima mío, intenta morderme, pegarme, me escupe, me patea y cuando la sujeto para contenerla, grita desesperada: “Socorro, me matan”; llora e intenta escaparse, y vuelve a tirarse encima mío. Yo le hablo de que está muy asustada, de que quiere tocarme, estar cerca pero que el contacto se le torna terrorífico, que supone que me maltrata o la maltrato, me lastima o la lastimo, que puedo entender que sufre... Así, vamos evocando situaciones de mucho sufrimiento, escenas de pánico. Y Ana empieza a jugar con muñecas, tomando como “hija” una a la que había desarmado tiempo atrás.

Un día, la madre me pregunta: “Si yo fui muy golpeada y ahora la golpeo...¿Cómo será ella cuando tenga hijos?, ¿podrá ser distinta?”.

LOS EFECTOS PSÍQUICOS DEL MALTRATO:

Según J. Lewis Herman (5) los síntomas del stress post-traumático pueden incluirse en tres categorías: 1) estado de alerta permanente, como si el peligro pudiese retornar en cualquier momento, con trastornos del sueño e irritabilidad; 2) intrusión, es decir, el momento del trauma es revivido reiteradamente e invade la vida cotidiana, los pensamientos y los sueños; 3) constricción, es decir, una persona puede entrar en estado de rendición, de derrota, con sensaciones de aletargamiento e incapacidad para sentir y para actuar, con cesión de la iniciativa y el juicio crítico; hay indiferencia, con retirada emocional y cambio en el sentido del tiempo; puede haber dificultades para fantasear y para planificar el futuro.

A la vez, se da una fluctuación entre intrusión y constricción, entre la amnesia y la reviviscencia del trauma, entre sentimientos intensos y estados de no sentir, entre una acción compulsiva y la inhibición de toda acción. Y esta fluctuación exacerba más aún la sensación de desvalimiento.

Tomando todo lo dicho anteriormente, podemos decir que los efectos posibles del maltrato en la estructuración subjetiva son:

1) Anulación de la conciencia en tanto registro de cualidades y sensaciones.
Cuando el maltrato se da desde los primeros momentos de la vida, se pierde la posibilidad de diferenciar sensaciones, todo es igual; no hay diferencias. Habitualmente, un niño con padres “suficientemente buenos” puede cualificar el mundo, registrar diferencias y sentirse vivo, sin ser sacudido por emociones fuertes. Puede sentir placer en el contacto tierno, en escuchar música, en leer un cuento. Estos chicos golpeados, maltratados, no. Son chicos que quedan anestesiados, con una parte muerta y que necesitan ser sacudidos.

Suelen buscar el peligro, jugar con la posibilidad de un accidente, drogarse, golpearse contra el mundo (como los que juegan en las vías del tren a esquivarlo), buscando sensaciones “fuertes”.

La sensación es de estar muerto-vivo: entran en apatía afectiva (como los sobrevivientes de los campos de concentración). Se anula la capacidad de registrar los afectos. La apatía es efecto de la pulsión de muerte. La anestesia afectiva deja al sujeto en un estado de desvitalización. Predomina un sentimiento mortecino, un estado de sopor, sin conciencia, en el que no pueden anticipar situaciones posteriores. Como todo les parece igual esperan que la vitalidad sea sostenida desde los golpes del contexto.

Cuando la coraza antiestímulo se construyó pero quedó arrasada, el mundo de las impresiones sensoriales, en el mejor de los casos, trabaja defectuosamente, las inscripciones psíquicas están empobrecidas y las preexistentes no reciben investidura porque toda la economía pulsional está trastocada.

2) Tendencia a la desinscripción, a la desinvestidura, a la desconexión: tienden a “excorporar” (Green) o a expulsar violentamente toda investidura, lo que deriva en un vacío. Toda representación puede ser dolorosa y hasta el proceso mismo de investir e inscribir puede ser intolerable. Ha quedado un terreno arrasado, mantienen “pedazos muertos” a nivel representacional. Trastornos graves de pensamiento pueden predominar en estos niños. No pueden ligar ni conectar lo inscripto. En el niño puede producirse un desinvestimiento desobjetalizante que se manifiesta por la extinción de la actividad proyectiva, con el sentimiento de muerte psíquica. Esto trae como consecuencia perturbaciones del funcionamiento mental, que pueden quedar acompañados por desorganizaciones somáticas graves, con pobreza de las actividades psíquicas o carencia de su investimiento.

3) Confusión identificatoria: Quedan arrasados sus ejes identificatorios (como en los campos de concentración y en los hospicios). El niño se pierde en la nebulosa de no saber quién es. A veces, puede salir de la confusión ubicando un enemigo externo, o un mundo externo como peligroso. Otras veces, adquiere una identidad por identificación con aquello que los otros suponen que lo define: malo, tonto, etc. Muchas veces, en los niños la idea de ser malvados se instala como modo de justificar el maltrato.

4) Repliegue narcisista, con la construcción de una coraza antiestímulo onmiabarcativa. Son niños que permanecen como animales heridos, recluidos en su cueva. Algunos pueden sobreadaptarse, mientras la libido inviste los órganos del cuerpo en forma patológica. Otros, salen del encierro con un estado de apronte angustioso permanente (pendiente de olores, ruidos, etc.). Así, una mujer que fue muy golpeada por sus padres de chica, no podía cerrar la puerta de su habitación y se pasaba toda la noche en una especie de duermevela, pendiente de la respiración de su hija de ocho años, como si la niña se pudiese morir en cualquier momento. La conexión con su hija se daba a través de las funciones más elementales, como respirar, dormir, comer.

5) Repetición de la vivencia en su forma activa o pasiva: a) hacer activo lo pasivo (identificación con el agresor) b) buscando que alguien se haga cargo de que la repetición textual se dé (buscar otro agresor). Lo que se torna ineludible es la repetición de la vivencia. Un niño puede repetir vivencias de sus padres o abuelos, que les han sido transmitidas sin palabras. Hay muchas veces, tal como plantea Freud, un intento ligador. Pero en el caso de los niños maltratados desde momentos muy tempranos de su vida, la repetición más que de un vínculo doloroso, es repetición de un dolor arrasante y de un vaciamiento representacional.

6) Irrupciones del proceso primario: Dificultad en la consolidación de la represión primaria (como se desarrolló anteriormente), por lo que hay por momentos producciones bizarras (como en Tomás). Cuando los padres maltratan al hijo, el contexto cae como protector. Se impide entonces la estructuración del pensamiento, se anula la posibilidad de simbolizar, se producen desestructuraciones yoicas o identificaciones patológicas con lo rechazado y se imponen como defensas la desmentida y la desestimación.

7) Actitud vengativa frente al mundo: “algo me han hecho y merece un pago”, acompañado de la dificultad en la construcción de soportes éticos. Esto lleva a situaciones de delincuencia en niños que han sufrido deprivación (lo que ha sido desarrollado fundamentalmente por D. Winnicott) (6).

8) Déficit de atención: cuando hay ausencia de estimulación o un exceso permanente, no se constituye la investidura de atención en relación al mundo (que se crea como consecuencia de un vínculo). Coincide con el “alerta permanente” del que habla Lewis Herman. Sabemos que el mundo no es investido automáticamente, o que lo que se inviste casi automáticamente son las sensaciones (la conciencia primaria de S. Freud). Pero para que haya registro de cualidades, de matices, se debe diferenciar estímulo y pulsión, para lo cual los estímulos externos no deben ser continuos, sino que tiene que haber intervalos. En estos niños el mundo queda compuesto por infinidad de estímulos iguales, equivalentes y es imposible sostener una investidura estable. Son niños que presentan dificultades escolares por no poder concentrarse en las palabras del maestro, en tanto todo ruido, todo gesto pueden ser atemorizantes.

Es bastante frecuente que niños criados en un ambiente de mucho abandono o que han sufrido migraciones o privaciones importantes, estén totalmente desatentos en clase, en tanto la violencia deja, entre otras marcas, tanto una tendencia a la desinvestidura como un estado de alerta permanente que es acompañado, a veces, con la búsqueda de estímulos fuertes. Considero que el circuito: violencia-desatención-búsqueda de estímulos fuertes en el mundo-adicción, es una de las vías posibles a pensar en los niños desatentos. Luego, en el esfuerzo por reinvestir la realidad son coleccionistas de traumas a posteriori: reaccionan demasiado tarde, a destiempo. Al no estar atentos a lo que pasa en el mundo, las situaciones les suceden sin que puedan poner en marcha la angustia señal.

9) En relación a la motricidad, suelen tener una actividad de descarga, desorganizada. Allí donde se tendrían que haber inscripto las marcas del placer, sobre todo en relación al movimiento y al dominio del mundo y del cuerpo, han quedado agujeros. Suelen predominar los procedimientos autocalmantes.

10) Ligazón del dolor con el erotismo (co-excitación libidinal) que lleva al goce masoquista. Estas posibilidades pueden superponerse.

LOS CAMINOS DE LA ELABORACIÓN

En mi experiencia con niños maltratados, me he encontrado con algunos niños que podían sostener la capacidad de pensamiento cuestionando el accionar del otro (generalmente de un modo desafiante), que podían investir libidinalmente al otro (aunque con cierta desconfianza) y que podían jugar (con ciertas restricciones).

Por el contrario, la mirada apagada y distante de los niños que han “perdido la partida”, que renunciaron a toda esperanza, alude claramente a la sensación de “estar muerto-vivo”, de entrega total a lo siniestro...

A la vez, como plantea Bernard Golse (7), debemos tomar en cuenta los efectos de resonancia entre la naturaleza cualitativa del trauma y la trayectoria relacional del sujeto (es decir, su historia vincular).
Este autor plantea que, para la elaboración del trauma, es necesario tomar en cuenta:
• la naturaleza del trauma
• la historia interactiva precoz y las características de los objetos primordiales
• el rol que el entorno pueda jugar en tanto testigo vivo de los encuentros catastróficos del niño. Y en este sentido el valor de los testimonios es fundamental. El que haya otros que puedan poner palabras y hacer relatos.

La cuestión será qué posibilidades ha tenido ese niño de instaurar condiciones de ligazón, de elaboración y de simbolización como para afrontar después las situaciones traumáticas.

También esto marca la diferencia entre las situaciones en las que el maltrato fue efectuado por otros ajenos al medio familiar o es efecto de situaciones sociales, y cuando dependió de la propia familia. Mientras que en el primer caso el maltrato se inscribe como un choque violento, una efracción, un acontecimiento implantado en el psiquismo como un cuerpo extraño, en el último caso, el psiquismo se estructura en la situación de violencia misma. 

Se hace mucho más difícil para el niño, entonces, constituir los “sostenes” internos para no ser arrasado por el maltrato. También podemos pensar que todos los padres son ambivalentes, por lo que el maltrato puede haber sido precedido por un “buen” trato. Porque es diferente el estado psíquico de un niño que tiene inscripciones placenteras (como aquellos que son maltratados a partir del momento en que comienzan a deambular) que de aquel niño que soportó el rechazo desde el comienzo.

Así como la ausencia materna puede dar lugar a la simbolización cuando hubo presencia, si el vacío es continuo y desde el nacimiento, el niño no podrá instaurar presencia allí donde el otro no está.

Sabemos que hay golpes que dejan marcas y que horadan terrenos y que quiebran la trama que sostiene la vida. Sabemos también que son golpes sin palabras y de los que nada puede ser dicho, que entran en un territorio en el que reina el silencio. Es por esto que escuchar a un niño, darle la palabra, es fundamental.

La sociedad tiende a mantener en silencio lo ocurrido y se ensaña en avergonzar al que habla. El secreto, el silencio y el olvido van juntos y muchas veces se prefiere olvidar todo aquello que duele.

Pero darle la palabra a un niño no es simplemente pedirle que hable sino saber escucharlo, escuchando también aquello que no dice con palabras. Debemos tener en cuenta que los niños son detectores de aquello que se pretende de ellos. Y cuando lo que se espera es que no diga, tendrá que vencer un obstáculo interno, dado tanto por su propia dificultad para poner en palabras lo que no tuvo palabras, como para desobedecer el mandato implícito del otro amado o temido que ordena silencio.

Darle la palabra a un niño implica conocer los diferentes lenguajes y cómo pueden los niños contarnos lo que sienten y piensan. Escuchar a un niño es también escuchar lo que no puede decir. Algunas veces, la mirada aterrada de un niño dice más que muchas palabras. Entonces, tenemos que tener en cuenta diferentes tipos de lenguajes: lenguaje gestual, lenguaje gráfico, lenguaje lúdico, lenguaje verbal (pensando que las palabras no siempre tienen el mismo valor que en un adulto).

Así, es habitual que un niño que ha sufrido maltrato se muestre en el consultorio muy desconfiado, que se sobresalte frente a cualquier ruido, que no pueda concentrarse en ninguna tarea y que tenga reacciones defensivas (del tipo de taparse la cara) frente a cualquier movimiento sorpresivo del analista.

En relación al valor de los testimonios, el analista es testigo privilegiado que puede, trabajando en la línea de la defensa de la vida, ir ayudando al niño a armar un relato, una historia, una trama que sostenga allí donde sólo quedaban las marcas del dolor.

Es fundamental que se puedan ir recomponiendo, de a poco, los lazos con el mundo. Para lo cual habrá que ir descendiendo a los infiernos del maltrato, contactándose con los aspectos muertos del paciente, para poder significar e historizar, dando lugar a nuevas investiduras libidinales y abriendo posibilidades creativas.


(1) Green, Andrée: (1991) Pulsión de muerte, narcisismo negativo, función desobjetalizante en Green, Ikonen, Laplanche y otros: La pulsión de muerte -Amorrotu Editores – Buenos Aires, pág. 73.
(2) Tisseron, Serge (1997): El psicoanálisis ante la prueba de las generaciones en S. Tisseron, M. Torok, N. Rand y otros: El psiquismo ante la prueba de las generaciones. Amorrortu Editores. Bs. As.
(3) Crémieux Rosine (2000): Stücke or not Stücke en Revue Française de Psychanalyse, N.º 1, Tomo LXIV, pág. 50. PUF. París.
(4) Aulagnier, Piera (1984): El aprendiz de historiador y el maestro-brujo. Amorrortu Edit, Bs. As, pág. 240.
(5) Hermann, J. L. (1992): Trauma and recovery. Basic Books, New York.
(6) Winnicott, D. W. (1984): Deprivacion y delincuencia. Paidós. Bs. As.
(7) Golse, B. (2000) Du traumatisme entre pulsions de vie et pulsions de mort ou de la passion à l’oubli, en Revue Française de Psychanalyse, 1, tomo LXIV, pág. 67 a 77. PUF. París



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WINNICOTT, D. W.:(1996) Deprivación y delincuencia. Paidós.



* Psicóloga psicoanalista, Directora de la Carrera de Especialización en
Psicoanálisis con Niños de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (en convenio con la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires), Directora
de la Revista “Cuestiones de Infancia” y profesora titular de la Carrera de Psicología en diferentes universidades. Dirección: Av. Córdoba, 3431 10.º “A”.
(1188) Argentina. E-mail: beatrizjanin@yahoo.com


CUADERNOS DE PSIQUIATRÍA Y PSICOTERAPIA DEL NIÑO Y DEL ADOLESCENTE, 2002; 33/34, 149-171























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