viernes, 25 de mayo de 2018

Conducta Antisocial, Trayectoria, Factores de Riesgo, Intervencion. Yunior Andrés Castillo Silverio .

Conducta antisocial.

Aunque muchos autores utilizan el término de delincuencia juvenil, siguiendo a Rutter, Giller y Hagel (1998) hemos optado por hablar de conducta antisocial para referirnos a uno de los problemas propios de los adolescentes que generan una mayor preocupación social.

La delincuencia juvenil es una categoría legal referida a aquellos sujetos de edades comprendidas entre los 14 y 18 años que hayan cometido una o más acciones punibles definidas como tales en el código penal, por tanto, requiere de la comisión de un delito. En cambio, la conducta antisocial comprende las acciones lesivas y dañinas para la sociedad que infringen reglas y expectativas sociales, con independencia de que constituyan un delito, por ejemplo, vandalismo, hurtos, agresiones, etc. 

Aunque hay un claro solapamiento entre ambos términos, en algunos casos los comportamientos antisociales no constituirán un delito, bien por su baja intensidad, bien porque hayan sido cometidos por un niño o niña de menos de 14 años, que en nuestro país es la edad mínima de imputabilidad, es decir, la edad a partir de la cual se aplican las sanciones penales. No obstante, aunque a partir de los 14 años un menor puede ser imputado, La Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, reguladora de la Responsabilidad Penal de los Menores, establece una normativa sancionadora específica para los menores con edades comprendidas entre los 14 y los 18 años.

También hay que diferenciar la conducta antisocial del concepto utilizado en psicología clínica de trastorno de conducta o trastorno disocial (conduct disorder), descrito en el DMS IV-TR como un patrón repetitivo y persistente de conducta en el que los derechos básicos de otras personas o las principales normas sociales adecuadas a una edad son violadas. De acuerdo con el criterio diagnóstico deben estar presentes 3 o más conductas desviadas y conllevar un deterioro significativo del funcionamiento en casa o en la escuela. Por lo tanto, muchos adolescentes que manifiesten conductas antisociales, por ejemplo que cometan un único acto delictivo, quedarán fuera de esta definición y no podrá atribuírseles un trastorno de conducta (Farrington, 2004).

Prevalencia y trayectorias evolutivas de la conducta antisocial.
Conocer la prevalencia real de comportamientos antisociales o delitos reviste una gran complejidad, y no es fácil llegar a conclusiones fiables al respecto. Las razones de estas dificultades tienen que ver con las diferencias existentes entre las fuentes de información utilizadas. Así, podemos referirnos a cifras oficiales, como los datos procedentes de detenciones policiales o de registros judiciales. 

Pero, además de esas cifras referidas a la delincuencia oficial, algunos estudios se llevan a cabo preguntando a la población general sobre su experiencia como víctimas de delitos, o aplicando cuestionarios anónimos a la población adolescente en los que se recoge información acerca de su implicación en la comisión de delitos. En estos últimos casos estaríamos hablando de delincuencia sumergida o no detectada, ya que la mayoría de los adolescentes que reconocen haber cometido algún delito, no ha entrado en contacto con los sistemas policial o judicial.

A pesar de esas dificultades, podemos ofrecer algunos datos de prevalencia referidos a distintos países, así Farrington (2004) indica que un 15% de chicos y un 3% de chicas fueron detenidos antes de los 18 años en Inglaterra, mientras que en estados Unidos estas cifras fueron claramente superiores: 33% y 14%. Si se analizan las cifras de delincuencia sumergida basada en auto-informes, la prevalencia es más elevada, situándose en torno al 50% el porcentaje de adolescentes que reconocen haber cometido algún delito, aunque en algunos estudios esta cifra sube hasta el 70-80%. En cuanto al porcentaje de delitos que son cometidos por menores, las cifras oficiales indican que en estos países, entre un cuarto y un tercio de los delitos son cometidos por adolescentes de menos de 18 años. La mayoría de estos delitos están relacionados con robos y hurtos, y sólo un 10% representan delitos violentos (Rutter, et al. 1998).

Las diferencias de género son una constante en todos los países, ya que las estadísticas indican una mayor prevalencia de delitos y comportamientos antisociales en varones, diferencias que son menores al inicio de la adolescencia y que van aumentando con la edad. Además, como señalan Rutter et al. (1998), existen diferencias entre el tipo de delitos cometidos por chicos y chicas, ya que los primeros se implican en delitos más graves y con uso de violencia y suelen reincidir más. 

No obstante, las diferencias de género son menores si analizamos los datos de delincuencia sumergida. Las diferencias entre las cifras referidas a delincuencia sumergida y delincuencia oficial no se refieren exclusivamente al género, ya que también aparecen en las cifras oficiales más adolescentes procedentes de minorías étnicas y clases más desfavorecidas. Estas discrepancias reflejan un claro sesgo en las estadísticas oficiales, y se deben tanto a la mayor gravedad de los delitos cometidos por varones y por jóvenes de grupos sociales desfavorecidos, como al hecho de que estos adolescentes reciben un trato discriminatorio y más duro por parte de la policía y el sistema judicial (Poe-Yamagata y Jones, 2000).

En cuanto a la tendencia histórica sobre la evolución de la prevalencia de los delitos cometidos por menores, la evidencia indica un claro aumento desde los años 50 hasta los 90 en la mayoría de los países, España entre ellos (Rutter et al. 1998). Sin embargo, desde mediados de los años 90, la tendencia es mucho menos clara ya que parece que se ha frenado la epidemia de violencia juvenil que se había observado en las últimas décadas del pasado siglo, y en muchos países se ha estabilizado o ha descendido la incidencia de la mayoría de delitos (Pleiffer, 2004; Koops y Orobio de Castro, 2006)

En términos generales, la adolescencia es una etapa de mucha incidencia de conductas antisociales y delictivas, y existe un consenso generalizado entre investigadores con respecto a la tendencia que sigue el comportamiento antisocial a lo largo del ciclo vital, y en aceptar lo que se ha denominado la curva de edad del crimen (Tremblay, 2000). Así, si durante la infancia son más frecuentes las conductas agresivas de poca importancia, con la llegada de la adolescencia disminuyen esos comportamientos para dar paso a conductas antisociales de mayor gravedad, que seguirán aumentando hasta tocar techo al final de la adolescencia y descender de forma acusada durante la adultez temprana. 

No obstante, algunos estudios longitudinales han diferenciado entre dos tipos de trayectorias evolutivas, una de mayor gravedad, aunque mucho menos frecuente, que comienza en la infancia y se extiende a lo largo de todo el ciclo vital, y otra que se limita a la adolescencia, tendiendo a desaparecer en la medida en que el sujeto empieza a asumir las responsabilidades propias de la adultez (Moffitt, 1993; Farrington, 2004). Este segundo tipo es el más habitual.

Factores de riesgo relacionados con la conducta antisocial.
A la hora de analizar las causas del comportamiento antisocial y delictivo habrá que tener en cuenta el tipo de patrón delictivo, ya que los factores relacionados con el patrón más grave y persistente son algo diferentes a los que se asocian con la conducta antisocial limitada a la adolescencia. En el caso de los adolescentes que limitan su actividad delictiva a la adolescencia, algunos de los factores de riesgo son semejantes a los relacionados con las conductas de asunción de riesgos, pues estas conductas antisociales son en muchos casos un tipo de conductas de búsqueda de sensaciones y de asunción de riesgos, y por ello serían más frecuentes durante esta etapa evolutiva. 

Ciertos factores familiares se relacionan con la conducta antisocial limitada a la adolescencia, en concreto los padres de estos chicos y chicas presentan un estilo parental caracterizado por la falta de control o supervisión (Steinberg, Lamborn, Darling, Mounts y Dornbusch, 1994). El rol que desempeña el grupo de iguales también es muy relevante, y algunos estudios indican que estos comportamientos son más frecuentes en situaciones grupales en las que el adolescente se ve presionado por sus amigos (Rutter et al., 1998).

En cuanto a los adolescentes que muestran el patrón antisocial más severo, el predictor más potente es la existencia en la infancia de agresividad y problemas de conducta durante un periodo prolongado de tiempo, no obstante, hay que hacer referencia a la confluencia de una serie de factores de riesgo, tanto individuales como contextuales, que operando de forma conjunta favorecen el surgimiento de estos comportamientos. 

Entre las variables individuales, las influencias genéticas sobre la mayoría de conductas antisociales son significativas aunque de moderada magnitud, siendo la agresión especialmente heredable (Plomin y Asbury, 2005). Algunos estudios han encontrado en los menores antisociales una mayor impulsividad, problemas de auto-regulación y dificultades para controlar la ira, y una mayor incidencia de trastornos de hiperactividad y déficit de atención, problemas todos ellos que parecen asociados a una falta de maduración del córtex prefrontal (Patterson, DeGarmo y Knutson, 2000). 

Las bajas puntuaciones en los tests de CI junto a un rendimiento académico muy bajo es otra constante en estos adolescentes, que además suelen mostrar sesgos cognitivos atribucionales muy hostiles, que le llevan a interpretar de forma amenazante y hostil comportamientos y actitudes neutras de sus compañeros, y a reaccionar de forma agresiva (Lochman, Phillips y Barry, 2003). El consumo de drogas aparece con frecuencia asociado al comportamiento delictivo, probablemente porque comparten factores de riesgo, aunque también porque el consumo provoca desinhibición y distorsiona la valoración de los riesgos derivados del comportamiento delictivo.

Las variables familiares han sido consideradas como claves para el desarrollo de la conducta antisocial severa, ya que según muestran numerosos estudios estos adolescentes provienen de familias muy desorganizadas y conflictivas, con padres que se muestran hostiles o negligentes, y que fracasan a la hora de ofrecer a sus hijos modelos comportamentales apropiados (Patterson et al., 2000). Por otra parte, también es frecuente por parte de estos padres el empleo de estrategias disciplinarias muy coercitivas con la aplicación castigos físicos que en algunos casos se pueden considerar situaciones de maltrato. 

De hecho el comportamiento antisocial es una de las consecuencias más frecuentes del maltrato infantil y adolescente, probablemente porque el abuso severo, al igual que otras experiencias infantiles traumáticas provoca modificaciones en la estructura y funcionamiento cerebral (Oliva, 2002; 2007). Los factores familiares y los genéticos pueden interactuar de cara a generar un comportamiento desajustado; como se ha puesto de manifiesto en un estudio longitudinal llevado a cabo en Nueva Zelanda por Caspi et al. (2002), aquellos niños que habían experimentado malos tratos se convirtieron en adolescentes y adultos violentos sólo cuando tenían una versión de baja actividad del llamado gen de la Mono Amino Oxidasa A, pero no cuando tenían la versión activa del gen.

Entre los factores sociales de riesgo, s e encuentran la pobreza o las situaciones muy desfavorecidas. No obstante, la relación entre la clase social y el comportamiento antisocial es muy débil e incluso no aparece en algunos estudios recientes, además cuando es significativa, se trata de una influencia indirecta que se ejerce a través de la depresión de los padres y el conflicto familiar. 

Es decir, las situaciones de pobreza harían más probable tanto la conflictividad marital como la depresión parental, lo que llevaría que los padres mostraran unas estrategias disciplinarias menos eficaces y los menores un comportamiento más desajustado (Buehler et al., 1997). La relación con un grupo de iguales con altas tasas de actividades delictivas es otro claro factor de riesgo, especialmente cuando aparece relacionado con unas malas relaciones familiares, aunque también es cierto que los adolescentes antisociales tienden a elegir como amigos a otros chicos y chicas que también muestran comportamientos desviados.

Intervención sobre la conducta antisocial.
La mayoría de programas preventivos suelen incluir la formación de padres desde la primera infancia para que puedan seguir estilos de crianza más positivos y manejen el comportamiento disruptivo de sus hijos sin utilizar métodos coercitivos. En casos de familias de riesgo también pueden incluir el apoyo a los padres mediante visitas domiciliarias. Estos programas se han mostrado eficaces para reducir la disciplina coercitiva y los malos tratos físicos, que como ya hemos comentado son unos de los principales factores de riesgo de la conducta antisocial (Kazdin, 1997).

Los programas llevados a cabo en los centros educativos para evitar el maltrato y la victimización entre iguales se muestran también eficaces a nivel preventivo, y tratan de formar a los educadores para que puedan detectar e intervenir en situaciones de riesgo. Otros programas también realizados en escuelas persiguen el objetivo de enseñar a niños y adolescentes a resistir la presión de los iguales para implicarse en comportamientos antisociales o delictivos (Farrington, 2004).

En cuanto al tratamiento de adolescentes antisociales, las técnicas centradas en el entrenamiento de habilidades sociales interpersonales se han mostrado eficaces. Se trata de técnicas que intentan modificar el pensamiento egocéntrico e impulsivo de los chicos y chicas antisociales, enseñarles a pensar antes de actuar, a buscar alternativas para solucionar problemas interpersonales, o a considerar el impacto de su comportamiento sobre otras personas (Ross y Ross, 1995).



jueves, 3 de mayo de 2018

Evaluación del riesgo de reincidencia en menores infractores: herramientas para la mejora de estrategias re educativas en España. ÁNGELA CARBONELL MARQUÉS Universidad de Valencia. ALEJANDRO GIL-SALMERÓN Instituto de Investigación Polibienestar. ELENA MARGAIX CECILIA Universidad de Valencia

Resumen: 
El presente estudio trata de conocer las herramientas que actualmente se utilizan en el ámbito judicial en menores para evaluar el riesgo de reincidencia en España. Para abordar el trabajo se ha realizado una revisión de la literatura existente y se ha llevado a cabo un análisis comparativo de los instrumentos con mayor ascendencia, que permiten identificar dicho riesgo. Tras el análisis, y desde la perspectiva del Trabajo Social, se destaca la herramienta SAVRY puesto que es una herramienta que abarca una gran cantidad de factores y permite el desarrollo de actuaciones efectivas potenciando conductas prosociales que reduzcan el riesgo de delincuencia futura. El conocimiento de estas herramientas permite la toma de decisiones y la implementación de estrategias de intervención con menores y jóvenes para los/as profesionales del Trabajo Social, desde un criterio objetivo y estructurado. Palabras clave: Delincuencia, reincidencia, menores infractores, riesgo, conducta antisocial, Trabajo Social. 
Abstract: 
This study aims to understand the tools that are currently used in “child and youth justice” to assess the risk of recidivism. To tackle the work, a review of existing literature has been conducted, and has carried out a comparative anlysis of instruments with greater ancestry that identify this risk. After analysis, and from the perspective of Social Work, SAVRY is a very important tool because it includes a lot of factors, and enables the development of effective actions promoting prosocial behaviors that reduce the risk of future crime. The knowledge of these tools allows decision-making and implementation of intervention strategies with children to Social Work professionals, from an objective and structured approach. Keywords: Crime, recidivism, juvenile offenders, risk, antisocial behaviour, Social Work.

APROXIMACIÓN TEÓRICA A LA REALIDAD SOCIAL DE LOS MENORES INFRACTORES

 La socialización se basa en la agrupación interaccionada de mecanismos donde un sujeto pasa a formar parte de un grupo, asumiendo los códigos, normas y pautas de comportamiento establecidas (Funes, 2009). Este proceso, según Bueno y Moya (1998), destaca de manera positiva cuando las condiciones desenvueltas por el individuo durante su infancia y adolescencia se convierten en herramientas de actuación válidas en la sociedad. La teoría de la socialización diferencial desarrolla que los agentes socializadores influyen en las personas adquiriendo identidades de género diferenciadas, que conllevan sistemas de valores, estilos cognitivos, actitudes y conductas que se asignan según el género (Walker y Barton, 1983). Los/as autores defienden que existe un fracaso en el proceso de socialización cuando existe un deterioro en algunos de los agentes socializadores (familia, escuela, grupo de iguales) o bien por la existencia de faltas y objeciones en los mecanismos de socialización que emplean cada uno de los agentes, dando paso al desarrollo de una conducta antisocial (Bueno y Moya, 1998). 

Ésta es considerada como aquel comportamiento que transgrede las pautas establecidas por la sociedad, llegando a ser perjudicial para el individuo y su contexto (Bringas y otros, 2006). La delincuencia juvenil La delincuencia según Káiser (1988) significa cometer un delito, es decir, infringir el ordenamiento jurídico establecido. A día de hoy la definición del concepto de delincuencia juvenil ha sido objeto de estudio de diferentes investigaciones, por lo que resulta difícil esclarecer dicho término. La delincuencia juvenil es un fenómeno social formado por las conductas disruptivas contra las normas sociales establecidas, realizadas en un lugar y tiempo concreto (Herrero, 1997). Hablar de delincuencia juvenil no es lo mismo que hablar de menores infractores. La Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, reguladora de la responsabilidad penal de los menores, en España, define como menores infractores a aquellos mayores de 14 años y menores de 18 que hayan cometido al menos una infracción de las tipificadas en el Código Penal y, en consecuencia de ello, se les haya impuesto una medida judicial o extrajudicial. 

Por otro lado, Uceda (2011) opta por el término de adolescentes en conflicto con la ley dado que en este concepto se plasma el sujeto social, mientras que menores infractores es únicamente una catalogación jurídica. La reincidencia en menores infractores La reincidencia es un término complejo que no cuenta con una definición exacta. La Ley Orgánica 1/2015, de 30 de marzo, que modifica el artículo 22 de la L.O. 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal, define la reincidencia cuando al delinquir, el culpable haya sido condenado ejecutoriamente por un delito comprendido en el mismo título de este Código, siempre que sea de la misma naturaleza. La reincidencia tiene lugar cuando se comete un nuevo delito o falta una vez finalizada la medida judicial anteriormente impuesta, es decir, llevar a cabo un nuevo delito cuando ya se ha cometido otro con anterioridad (Blanch, Cañamares y Domínguez, 2012). 

Se puede definir este término a partir de diferentes niveles o tipologías descriptivas y puede diferenciarse según la fuente que informa, dictamina o instruye el delito cometido (Navarro, 2014; Luque, Ferrer y Capdevila, 2005). La reincidencia, en parte, debe de ser entendida como un fracaso de las instituciones de justicia responsables de la intervención con los/as menores infractores, así como de los organismos socioeducativos destinados a prevenir la delincuencia juvenil (Thornberry, 2004).

La predicción del riesgo de reincidencia La predicción del riesgo de reincidencia es una cuestión importantísima en el ámbito penal del/la menor, por ello se estudian los factores que motivan a llevar a cabo el delito, el riesgo de reincidencia, y las intervenciones profesionales dirigidas a gestionar dicho riesgo (Botija, 2009). Andrews, Bonta y Wormith (2006) diferencian cuatro etapas en la historia de la evaluación del riesgo de reincidencia. 

En la primera etapa, esta evaluación del riesgo será subjetiva y a razón profesional; en la segunda etapa se utilizan escalas de medición estáticas, que no tienen una fundamentación teórica y se basan en factores históricos de la vida del individuo; la tercera estará establecida por la escala LSI-R Level of Service Inventory-Revised de Andrews y Bonta (1995) mediante la que se identifican y se miden sistemática y objetivamente las necesidades del/la menor, determinando el riesgo de reincidencia; y la última etapa, se reivindica la necesidad de intervención tras la evaluación del riesgo. Actualmente, existen diversas técnicas para la predicción del riesgo de violencia que pretenden evaluar, predecir y/o estimar su posibilidad futura de reincidencia (Andrés-Pueyo y Echeburúa, 2010), con la intención de mejorar su pronóstico y evitar su continuidad o cronicidad (Andrés-Pueyo y Redondo, 2007).
La mayoría de los instrumentos utilizados de valoración del riesgo de reincidencia en menores infractores son adaptaciones de otros utilizados con adultos. Según Andrews y Bonta (2003) esto se debe a la necesidad de realizar una aproximación para evaluar a menores, especificando sus propias características. Estas herramientas se utilizan en contextos jurídico-penales y/o asistenciales para la gestión del riesgo, y facilitan la toma de decisiones reglamentarias al juez (Andrés-Pueyo y Echeburúa, 2010).
Factores de riesgo y factores de protección 
Los factores de riesgo son entendidos como las características o circunstancias de la vida de los/as jóvenes que hacen más probable la implicación en actividades delictivas. Botija (2009:36) define estos factores como aquellos que muestran predisposición a asociarse con el comportamiento antisocial y violento, asimismo, la autora define como factores de protección a los elementos asociados a la ausencia de dicho comportamiento. Redondo, Martínez y Andrés (2012) definen los factores de protección como aquellos elementos que disminuyen la probabilidad de implicación en actividades delictivas. 

Los factores de riesgo y de protección se relacionan con lo que Moffit (1993) definió con el término carrera delictiva. Dentro de la tipología de factores de riesgo y de protección, que recoge la literatura científica, cabe destacar: 
– Los factores estáticos son inherentes al sujeto y a su historia de vida. Por ello, es difícil o imposible la intervención en dichos factores dado que son relativos a características profundas del sujeto (sexo, historial delictivo, etc.), por lo que no son modificables o lo son en mínimo grado (Redondo, Martínez y Andrés, 2012). 
– Los factores dinámicos incluirían aspectos como hábitos, cogniciones, valores o actitudes delictivas, que sí que son susceptibles de cambiar a partir de la aplicación de una intervención educativa y tratamientos adecuados. Estos factores son todas aquellas circunstancias que concurren en la vida del joven que tiene que ver o están asociadas con su estilo de vida antisocial (Cuervo y otros, 2008:61), tales como consumo de estupefacientes, falta de modelos positivos, desajuste emocional, etc. (Botija, 2009). Los factores de riesgo son elementos clave para incentivar la conducta antisocial y delictiva en menores (Andrews y Bonta, 2003). Según Navarro (2014), la literatura recoge una serie de factores de riesgo de violencia entre los/as jóvenes: 
– Factores históricos: Son elementos que se refieren a la violencia previa, violencia prematura, violencia intrafamiliar, delincuencia de los progenitores, divorcio de los padres, etc. Estos factores son considerados factores estáticos puesto que ya no son modificables. 
– Factores clínicos y/o individuales: Dichos componentes se refieren a aquellas características propias del sujeto como el consumo de tóxicos, psicopatía, impulsividad, falta de autocontrol, etc.
 – Factores contextuales: Dichos factores inciden en las relaciones negativas entre iguales, falta de relaciones familiares, escasez de apoyo social, pautas de ocio disruptivas, entorno violento y delictivo, etc. 

Tanto los factores individuales como los factores contextuales forman parte de los llamados factores dinámicos, puesto que pueden ser modificados, aunque pueden convertirse en estáticos según su estabilidad en el tiempo (Cuervo y otros, 2008). El Trabajo Social con menores infractores La Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, reguladora de la responsabilidad penal de los menores, determina la existencia de equipos técnicos de menores, formados por educadores/as, trabajadores/as sociales y psicólogos/as, que son los encargados de asesorar a través de sus intervenciones y valoraciones (Curbelo, 2003). La función del Trabajo Social con menores infractores debe garantizar los principios de reeducación y flexibilidad en la adopción y ejecución de medidas, teniendo en cuenta las características personales, familiares y sociales de cada uno. Díaz, López, Barahona y Sundheim (1997) defienden que los/as trabajadores/as sociales deben, dentro de una intervención interdisciplinar, actuar como agentes de cambio y aportar su valoración sobre la evolución del/la menor para obtener una visión integral de cada caso. Además, los profesionales del Trabajo Social deben llevar a cabo una intervención familiar, para constatar un seguimiento de la realidad del sujeto, y se ha de actuar como puerta de acceso a otros recursos, coordinarse con los mismos, etc. para la futura inserción de estos/as menores en la comunidad. Es por ello que, el objetivo del presente estudio es analizar los instrumentos y herramientas utilizadas en España actualmente para evaluar el riesgo de delincuencia y reincidencia en menores infractores. 

METODOLOGÍA 
La investigación se llevó a cabo a través de fuentes secundarias mediante la técnica del análisis documental de estudios que han validado y/o hecho uso de instrumentos para medir la reincidencia en el delito: SAVRY, IGI-J, PCL-YV y APSD. Las fuentes de la información recolectada fueron las bases de datos Dialnet, Scielo, Scopus y Trobes. La información encontrada sobre las diferentes herramientas hasta la fecha, fue consignada en fichas y, posteriormente, se realizó un análisis comparativo de estas herramientas, destacando las características de cada uno de ellos y contrastando los puntos en común y las diferencias de los mismos. A través de la búsqueda bibliográfica se extrajeron las siguientes variables que se utilizaban en diferentes estudios para elaborar las fichas: 
– Tipo de factores que inciden estas conductas (factores de riesgo, protección, dinámicos, estáticos, individuales y contextuales). 
– La validez del instrumento. – Rangos de edad en los que se utilizan los instrumentos. – La presencia o ausencia de la diferenciación de género. 
– Los contextos de aplicación de cada una de las herramientas. – Adaptación de dichas herramientas y número de ítems. 
– Socialización diferencial. RESULTADOS Y DISCUSIÓN Análisis de los principales instrumentos de valoración del riesgo de reincidencia de menores infractores SAVRY En el ámbito forense o judicial, para la valoración del riesgo de violencia física, sexual y de amenazas graves en pacientes mentales y delincuentes jóvenes (12-18 años), se utiliza como herramienta de predicción el instrumento SAVRY (Structured Assessment of Violence Risk in Youth) creado por Borum, Bartel y Forth (2003) y adaptado al castellano por Hilterman y Vallés (2007). Por ejemplo, en diferentes Comunidades Autónomas, como Cataluña, esta herramienta se utiliza para asesoramiento técnico, en Equipos de Medio Abierto, Centros Educativos, informes forenses, etc. Esta herramienta se organiza en 30 ítems; 24 factores divididos en factores del pasado del sujeto, factores sociales/contextuales y factores individuales. Cada factor tiene las mismas tres categorías de respuesta: bajo, moderado, alto. Además, existen ítems protectores con respuestas dicotómicas (presente/ausente). A partir de la reflexión y análisis de ítems cuantificables y factores de riesgo dinámicos, generadores de cambio, el profesional cautelosamente realiza una evaluación final del riesgo (Botija, 2009).

domingo, 15 de abril de 2018

TRASTORNO NEGATIVISTA DESAFIANTE. Katie Quy, Argyris Stringaris

Katie Quy MSc Instituto de Educación, Unidad de Investigación Thomas Coram, Londres, Reino Unido Conflictos de interés: no se declaran. Argyris Stringaris MD, PhD, MRCPsych Docente Senior, King’s College London, Instituto de Psiquiatría, Reino Unido y Psiquiatra Consultor de Niños y Adolescentes, Clínica de Trastornos del Ánimo, Hospital Maudsley, Londres, Reino Unido Conflictos de interés: no se declaran Agradecimientos: Los autores agradecen al Profesor Stephen Scott por sus comentarios. El Dr Stringaris agradece prfundamente el apoyo del Wellcome Trust.

Los trastornos del comportamiento disruptivo son frecuentes, y están asociados a un impacto negativo tanto para los niños como para sus familias, y a un rango de peores resultados adaptativos a lo largo del desarrollo (Ford et al, 2003; Burke et al, 2005; Copeland et al, 2009; Kim-Cohen et al, 2003; Costello et al, 2003). Los problemas del comportamiento disruptivo también están asociados a un mayor coste para la sociedad: se estima que los costes generados por los individuos con conductas antisociales en la infancia son al menos 10 veces más altos que los individuos que no presentan conductas antisociales, cuando alcanzan los 28 años de edad (Scott et al, 2001a). 

Los dos principales sistemas de clasificación, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, Quinta Edición (DSM-5; APA, 2014) y la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud, Décima Revisión (CIE-10; OMS, 1993) definen el trastorno negativista desafiante (TND) como un patrón persistente de enfado, irritabilidad y actitud desafiante o vengativa que dura por lo menos seis meses, y que se exhibe durante la interacción por lo menos con un individuo que no sea un hermano. Este trastorno se caracteriza por la ausencia de conductas agresivas o antisociales más graves, que se asocian con un trastorno de conducta.

Síntomas del Trastorno Negativista Desafiante en el DSM- 5 
Enfado/Irritabilidad 
• A menudo está enfadado y resentido 
• A menudo pierde la calma 
• A menudo está susceptible o se molesta con facilidad. 
Discusiones/Actitud desafiante 
• Discute a menudo con la autoridad o con los adultos 
• A menudo desafía activamente o rechaza satisfacer la petición por parte de figuras de autoridad o normas 
• A menudo molesta a los demás deliberadamente 
• A menudo culpa a los demás por sus errores o su mal comportamiento. 
Vengativo 
• Ha sido rencoroso o vengativo por lo menos dos veces en los últimos seis meses.

DIAGNÓSTICO
Los criterios diagnósticos del DSM-5 para el TND requieren que cuatro o más de los síntomas se manifiesten durante al menos seis meses. Los síntomas deben presentarse en un nivel mayor a lo esperado en individuos de edad y nivel de desarrollo similar, y deben tener un impacto negativo en el área social, educativa u otras importantes. Para realizar el diagnóstico de un TND debe excluirse la presencia de un trastorno de conducta. La CIE-10 destaca como características claves del TND un patrón persistente de conducta provocativa, hostil y rebelde, y un bajo umbral de respuesta ante estímulos emocionales. 

EPIDEMIOLOGÍA 
EL TND es un trastorno relativamente frecuente en la infancia, con una prevalencia del 2% al 10% (Maughan et al, 2004; Costello et al, 2003). Sin embargo, estas estimaciones de prevalencia varian dependiendo de factores como la fuente de información (p.e., padre vs. niño), tipo de reporte (p.e., concurrente vs. retrospectivo), o de si se incluyen o no niños que cumplen los criterios para un trastorno de conducta. El TND es significativamente más frecuente en niños que en niñas. Los síntomas son relativamente estables entre los cinco y diez años de edad, pero tienden a declinar a partir de entonces. El TND se diagnostica con menos frecuencia en niños mayores, en parte para evitar etiquetar como patológica la desaveniencia normativa que se produce entre los niños y sus padres durante la adolescencia. 

Diferencias transculturales en la prevalencia 
Los datos obtenidos a partir de las encuestas de la Organización Mundial de la Salud y de la Salud Mental Mundial indican que la prevalencia del TND varía ampliamente de un país a otro. Por ejemplo, los datos de una encuesta internacional a gran escala publicada por Kessler et al (2007) mostraron marcadas diferencias en la prevalencia a lo largo de la vida de los trastornos del control de impulsos (que incluyen el trastorno explosivo intermitente, el trastorno negativista desafiante, el trastorno de conducta, y el trastorno por déficit de atención con hiperactividad).

Síntomas del Trastorno Negativista Desafiante en el DSM- 5 
Enfado/Irritabilidad 
• A menudo está enfadado y resentido 
• A menudo pierde la calma 
• A menudo está susceptible o se molesta con facilidad. 
Discusiones/Actitud desafiante 
• Discute a menudo con la autoridad o con los adultos 
• A menudo desafía activamente o rechaza satisfacer la petición por parte de figuras de autoridad o normas 
• A menudo molesta a los demás deliberadamente 
• A menudo culpa a los demás por sus errores o su mal comportamiento. 
Vengativo 
• Ha sido rencoroso o vengativo por lo menos dos veces en los últimos seis meses.

Relación entre el TND y el trastorno de conducta 
Ha sido objeto de debate hasta qué punto el TND y el trastorno de conducta deben ser considerados como trastornos separados, o como un trastorno único. Esto se refleja en los sistemas de clasificación existentes: en el DSM-5 el diagnóstico de trastorno de conducta puede incluir todos los criterios del TND, y se considera como un precursor del trastorno de conducta. En la CIE-10, el TND se considera sólo como una forma más suave del trastorno de conducta, por lo que ambos son considerados como una categoría única, como se ve en algunos estudios de investigación empírica (Kim-Cohen et al, 2003). Sin embargo, aún cuando se ha encontrado que el TND y el trastorno de conducta tienen altos niveles de comorbilidad, la mayoría de los niños diagnosticados con un TND no desarrollan posteriormente un trastorno de conducta (Rowe et al, 2002), y ambos trastornos se distinguen por una serie de diferentes correlatos (Dick et al, 2005; Nock et al, 2007).

Relación entre el TND y otros trastornos (comorbilidad y continuidad heterotípica) 
El TND es característicamente comórbido, ya que se produce junto con o antes de una amplia gama de alteraciones (Costello et al, 2003), incluyendo los trastornos depresivos y de ansiedad (en niñas), trastornos de conducta y trastornos de consumo de sustancias. Los niños con TDAH a menudo desarrollan un TND. 

Se ha identificado que el TND predice consistentemente la depresión (Copeland et al, 2009; Burke et al, 2010; Burke et al, 2005) y la ansiedad en etapas posteriores de la vida (Maughan et al, 2004). Sorprendentemente, Copeland et al (2009) encontraron que el trastorno negativista desafiante en la infancia predecía la depresión en los adultos jóvenes; la depresión y los trastornos de ansiedad a menudo habían sido precedidos por un TND, pero no por un trastorno de conducta. La relación entre el TND y los problemas emocionales es especialmente desconcertante – se ha propuesto que posiblemente son los aspectos afectivos del TND los que predicen los trastornos emocionales como la ansiedad y la depresión (Burke et al, 2005; Stringaris y Goodman, 2009b) 

En un intento por explicar la heterogeneidad de la relación entre el TND en la infancia y los trastornos que se presentan en la vida adulta, Stringaris y Goodman (2009a, 2009b) propusieron que los criterios del DSM-IV para el TND se categorizaran en tres dimensiones especificadas a priori, definidas como “irritabilidad,” “obstinación” y “conducta dañina”. Algunos autores (Rowe et al, 2010) han definido sólo dos dimensiones – irritabilidad y obstinación, mientras que otros han propuesto una división de los síntomas ligeramente diferente (Burke et al, 2010). Los resultados obtenidos hasta el momento sugieren que el ánimo “irritable” es un fuerte predictor de un trastorno emocional posterior (Stringaris Figura D.2.2: La relación entre el TND y otros trastornos (modificado de Burke et al, 2005) TND: trastorno negativista desafiante; TC: trastorno de conducta; TDAH: trastorno por déficit de atención con hiperactividad (precursor común del TND)  et al, 2009), mientras que la “obstinación” y las conductas “dañinas” predicen la presencia de problemas de conducta en el futuro. La utilidad clínica de estas distinciones aún debe ser establecida (Rowe et al, 2010; Burke et al, 2010; Aebi et al, 2010). 

ETIOLOGÍA Y FACTORES DE RIESGO 
A pesar que no se ha identificado ninguna causa única del TND, se ha encontrado una serie de factores de riesgo y marcadores genéticos asociados a la conducta negativista. 

Genética 
Los factores genéticos contribuyen significativamente al desarrollo de los síntomas del TND, con estimaciones de heredabilidad superiores al 50%, donde los factores genéticos representan más del 70% de la variabilidad en medidas individuales, basadas en informes de los padres (Eaves et al, 1997). Mientras que algunos han sugerido que el TND comparte una superposición genética sustancial con el trastorno de conducta (Eaves et al, 2000), otros estudios han indicado efectos únicos para cada trastorno (Rowe et al, 2008, Dick et al, 2005). Además, parece que los factores genéticos subyacen a la relación entre el TND y el TDAH (Hewitt et al, 1997) así como también entre el TND y el trastorno depresivo (Rowe et al, 2008). En un estudio realizado en gemelos adolescentes, los síntomas autoreportados de irritabilidad en el TND compartían factores genéticos con los síntomas depresivos, mientras que los síntomas de “obstinación/conductas ofensivas” del TND compartían factores genéticos con los síntomas delictivos (Stringaris et al, 2012). 

Interacción genética-ambiente 
La noción de que los efectos de la exposición a un factor ambiental (p.ej. maltrato infantil) en la conducta de un niño dependen de la conformación genética presenta aparente validez y plausibilidad biológica (Rutter, 2006). En uno de los estudios pioneros en este campo (Caspi et al, 2002), se encontró que un polimorfismo funcional en la región promotora del gen que codifica para la enzima metabolizadora del neurotransmisor monoamino oxidasa A (MAO-A), moderaba el efecto del maltrato infantil en la conducta futura y los problemas antisociales, aunque varios estudios posteriores no encontraron tal interacción. Los niños que han sido víctimas de maltrato y que tienen un genotipo que conduce a bajos niveles de actividad de la MAO-A tienden a presentar con frecuencia trastornos de conducta y comportamientos antisociales, en comparación con los niños que tienen un genotipo de MAO-A de alta actividad (Caspi et al, 2002). Este tema es analizado en el capítulo del trastorno de conducta (Capítulo D.3). 

Edad de inicio 
La edad de inicio de los síntomas antisociales (Moffitt, 1993) parece ser un buen predictor de los resultados posteriores. Moffitt (1993) hace una diferencia entre los niños cuyos síntomas aparecen por primera vez en la infancia y persisten en la adolescencia (inicio en la infancia persistente), y aquellos cuyos síntomas aparecen por primera vez en la adolescencia. Los individuos del grupo de inicio en la infancia y persistencia en la adolescencia, presentan peores resultados en la vida adulta, si se los compara con sus pares que desarrollaron los síntomas por primera vez en la adolescencia o con aquellos que no presentan trastornos (Moffitt, 2003; Trastorno negativista desafiante. Moffitt, 2006; Moffitt et al, 2002; Odgers et al, 2007; Farrington et al, 2006). La edad de inicio como un predictor de los resultados posteriores se analizará en profundidad en el Capítulo D.3. 

Temperamento 
Aspectos del temperamento en la infancia temprana, tales como la irritabilidad, impulsividad, o intensidad de reacción a estímulos negativos, pueden contribuir al desarrollo de un patrón de comportamiento negativista y desafiante. Es posible que el TND sea el resultado de diferentes trayectorias de temperamento, que podrían servir para explicar su comorbilidad. Stringaris et al (2010) demostraron que la comorbilidad entre el TND y los trastornos internalizantes estaba fuertemente asociada a la emocionalidad temprana del temperamento, mientras que un nivel de actividad alto predecía mejor la comorbilidad entre el TND y el TDAH. 

Influencia de pares 
Los niños que presentan conductas negativistas son más propensos a tener relaciones problemáticas o disruptivas con sus pares. Frecuentemente estos niños son rechazados por sus compañeros sin problemas, y tienden a relacionarse con niños con problemas de conducta. Parece que la relación entre el rechazo de pares y los síntomas del TND en la infancia es bidireccional, ilustrado en una serie de estudios sobre el acoso escolar (resumidos en Arseneault et al, 2010).

Rasgos insensibles y carentes de emociones 
El concepto de psicopatía se ha extendido a los jóvenes en los últimos años (Frick et al, 1994), centrando el foco en los rasgos insensibles y carentes de emociones. Aunque no todos los niños diagnosticados con un trastorno de conducta tienen rasgos insensibles y carentes de emociones (Frick et al, 2000), la presencia de tales rasgos parece distinguir a un subgrupo de niños con problemas de conducta más graves. Los rasgos insensibles y carentes de emociones parecen ser altamente heredables (Viding et al, 2005) y se caracterizan por una pobre capacidad de reconocimiento de las emociones (especialmente de miedo) en la expresión facial (Blair et al, 2006; Dadds et al, 2006). La importancia de los rasgos insensibles y carentes de emociones se analizan en el Capítulo D.3.

Entorno 
El amplio entorno que rodea al niño también puede ser un factor de riesgo. La conducta disruptiva se ha relacionado sistemáticamente con la desventaja social y económica y la violencia en el vecindario (Guerra et al, 1995; Rowe et al, 2002). 

Factores familiares 
En la etiología de los problemas de conducta disruptiva es cada vez más evidente la importancia de la interacción entre los genes y los factores ambientales a nivel familiar (Moffitt, 2005). La evidencia proporcionada por los estudios de adopción (O'Connor et al, 1998; Ge et al, 1996) muestra que los niños con alto riesgo genético de conducta antisocial tienen más probabilidad de recibir estrategias negativas de crianza por parte de sus padres adoptivos que los niños con bajo riesgo genético de comportamiento antisocial. Por el contrario, en estudios que han utilizado como muestra gemelos monocigóticos, se ha encontrado que los efectos a nivel familiar contribuyen al riesgo de los niños de presentar problemas Gerald R Patterson, fundador del Centro de Aprendizaje Social de Oregon, describe los llamados “procesos familiares coercitivos” y su papel en el desarrollo y mantenimiento de los problemas de conducta.
Disponibilidad externalizantes más allá de las características genéticas del niño (Jaffee et al, 2003; Caspi et al, 2004). En otras palabras, el comportamiento de los padres hacia los hijos puede ser un verdadero factor de riesgo ambiental.

Modelos de influencia familiar 
Patterson (1982) propuso un modelo sobre cómo el comportamiento de los padres puede exacerbar la conducta negativa de los niños y resultar en lo que él llamó “procesos familiares coercitivos”. Su trabajo ha demostrado que los padres de niños con problemas de conducta tienen más probabilidad de ser inconsistentes en la aplicación de las reglas, y de dar órdenes que no son claras o son el resultado del estado emocional de los padres más que supeditadas al comportamiento del niño. Un proceso coercitivo recíproco típico surgiría si, por ejemplo, un padre respondiese de forma excesivamente severa a un comportamiento levemente disruptivo del niño, con el resultado de que el niño intensificaría aún más su comportamiento de oposición. Esto, a su vez llevaría a respuestas aún más duras por parte del padre. El resultado es a menudo que el padre termina rindiéndose, reforzando el comportamiento negativo del niño. Esta “recompensa” paradójica del comportamiento negativo del niño puede aumentar y mantener las conductas oposicionistas, y por tanto, es el objetivo específico de las intervenciones terapéuticas (ver más adelante). 

Juan tiene 7 años de edad. Su madre decía que él era un niño “difícil” y que “siempre” fue así. Él perdía la paciencia por cuestiones aparentemente triviales, como por ejemplo cuando perdía en un videojuego al jugar con su mejor amigo: “su cara se pone roja y comenza a bufar, gritar y llorar”. También se enfadaba a menudo sin motivo aparente. Su madre decía que cuando él no quería hacer algo, “simplemente no lo hace”. Con frecuencia se negaba a ir a la cama; “tenemos conflictos masivos cada noche a causa de esto”. A veces Juan se enfadaba tanto que rompía sus propios juguetes o los tiraba lejos. Juan no había tenido contacto con su padre desde los seis meses de edad. Su madre decía que el padre de Juan era “un hombre gruñon y agresivo”, que frecuentemente gritaba y perdía la paciencia. Su educadora señalaba que Juan era contestador, se negaba a hacer lo que se le pedía en clase, y constantemente molestaba a otros niños, arrojándoles trozos de papel y cogiendo sus lápices o juguetes. A los otros niños de la clase no les gustaba jugar con Juan, lo que lo enfadaba. Algunos niños mayores se burlaban de él y lo empujaban en el patio de recreo. A menudo volvía a casa triste y malhumorado. La madre de Juan refirió que estaba “al límite de su capacidad de aguante” y que “no puedes razonar con él, no puedes gritarle, nada funciona – no importa lo que haga, simplemente no funciona”. Juan y su madre fueron atendidos en el servicio local de salud mental para niños y adolescentes. Basándose en sus síntomas y nivel de impacto negativo, Juan fue diagnosticado con un TND, y a su madre se le ofreció participar de un curso de manejo conductual para padres. Después de varias semanas de asistencia al curso, la madre ya identificaba que éste era muy útil para lidiar con el comportamiento de Juan. Al término de la intervención, Juan ya no presentaba los síntomas significativos del TND. Sus rabietas eran poco frecuentes, y en general estaba mucho menos desafiante. Él y su madre eran más capaces de jugar y disfrutar de las actividades que realizaban juntos. La madre de Juan dice que ahora le resulta más fácil identificar las conductas positivas de Juan, y reforzarlas adecuadamente.

martes, 20 de marzo de 2018

Delincuencia, Infancia y Alteridad: una propuesta de inteligibilidad. Boris Valdenegro Egozcue. Universidad de Playa Ancha, Escuela de Psicología. Valparaiso. Chile

Resumen
Este artículo se sitúa desde la Psicología Social Comunitaria, abordando los procesos de alteridad sobre la relación que se establece en Chile entre infancia y delincuencia. Enmarco esta discusión desde la noción de dispositivo, en el contexto de las políticas públicas. Los apartados desarrollan la relación entre infancia, delincuencia y alteridad desde distintas perspectivas (Políticas Públicas, Investigación Social, Dispositivo Foucaultiano, Historiografía e Intervención Social), desarrollando una crítica a los procesos de criminalización de la infancia y proponiendo la noción de Alter- Infancia como posibilidad de comprensión crítica.
Palabras Clave: Psicología Social Comunitaria, Infancia, Delincuencia, Alteridad, Dispositivo, Políticas Públicas
Abstract
This article is based on communitarian social psychology perspective. It will analyse the process of otherness in the relationship between childhood and delinquency. It will discuss in the context of social policies using the notion of device (dispositif). The following sections will develop the relationship between childhood, delinquency and otherness using several approaches: social policies, research in social sciences, the notion of device (Foucault) and historiography, developing a critical over the criminalization process to childhood, and proposing the idea of Alter- Childhood as critical compehension.
Keywords: Social Communitarian Psychology, Childhood, Delinquency, Otherness, Device, Social Policies

 La relación entre políticas públicas, infancia y delincuencia en Chile se inscribe en un ámbito de acción y estudio que se encuentra saturado de supuestos indiferenciados, reproduciéndose certezas estigmatizantes antes que posiciones críticas. El propósito de este artículo es problematizar, desde la perspectiva de la Psicología Social Comunitaria, la relación entre infancia, delincuencia y alteridad, sobre cuatro objetivos: 1) la política pública y la subjetivación diferencial de infancias; 2) las relaciones entre infancia, delincuencia y alteridad; 3) la noción de dispositivo como productor de alteridad en infancia; 4) procesos sociohistóricos que subjetivan infancias desde la alteridad.
A este respecto, la Psicología Social Comunitaria (Alfaro, 2009; 2013; Montero, 2010; 2011) contribuye desarrollar perspectivas desnaturalizadoras de los procesos sociales, históricos y culturales contenidos en estos ejes reflexivos, desde dimensiones conceptuales, ético- políticas y disciplinares. En lo conceptual, posibilita la comprensión intersubjetiva de la relación entre infancia y delincuencia, desde una perspectiva crítica de las relaciones sociales (Montero, 2011; Piper, 2002), desmitificando su carácter de manifestación objetiva (Montero y Montenegro, 2006; Montero, 2010). A nivel ético- político, facilita la visibilización de las tensiones entre la perspectiva garantista y proteccional hacia las infancias, aportando al debate sobre los procesos de criminalización en la intervención (Sepúlveda, 2011) y cuestionando las perspectivas estigmatizadoras (Llobet, 2010; Olmos, 2012). A nivel disciplinar, permite definir la intervención desde un carácter situado (Montenegro y Pujol, 2003), aportando a la complementariedad entre la formulación, diseño e implementación de la intervención social, al considerar las tensiones entre los agentes disciplinares, los formuladores y sujetos intervenidos (Alfaro, 2013), en una lectura compleja de los procesos de intervención (Alfaro, 2009; Piper, 2002). Estas ideas- fuerza serán empleadas para reflexionar acerca de las implicancias de cada uno de los apartados, decantando en la noción de Alter- Infancia, en tanto proceso de subjetivación de Alteridad (Gnecco, 2008).
Políticas Públicas e Infancias: entre el garantismo y la criminalización.
Las políticas públicas en Chile articulan visiones sobre las infancias, erigiéndose un discurso dominante desde la Doctrina de la Protección Integral (Galvis, 2009; Quiroz, 2011), sustentado normativamente en la Convención de Derechos de la Infancia (UNICEF, 1989). pretendiendo marcar un hito de tránsito entre la doctrina basada en la noción de menor en situación de vulnerabilidad a otra que concibe a la infancia en tanto sujetos de derechos.
A nivel del diseño de políticas públicas, el accionar del Ministerio de Justicia a través del Servicio Nacional de Menores ha desarrollado la concepción de separación de vías (Werth, 2010) como una expresión de una supuesta diferencia entre la aproximación hacia los denominados adolescentes infractores de ley y los niños y niñas sujetos de promoción de derechos. El devenir de esta perspectiva es cuestionable, siendo muchos de sus efectos y prácticas vulneradoras de derechos humanos (UNICEF, 2008; INDH, 2013).
La política pública orientada hacia los “infractores de ley se encuentra culturalmente construida desde la noción del miedo al otro (PNUD, 1998), cimentando la cohesión social en la identificación de éstos como íconos de la peligrosidad e inseguridad (Vergara, 2007), sustentando procesos de criminalización (Sepúlveda, 2011). Es esta radical mirada sobre la infancia criminalizada la que permite reflexionar en torno de la intervención social desde la alteridad.
Si realizamos un análisis a nivel internacional de los programas que intervienen sobre la infancia criminalizada, se destacan las estrategias preventivas centradas en la relación costo- beneficio (Greenwood, 2008), las que privilegian la intervención sobre la infancia para disminuír la conducta criminal en la etapa adulta, bajo el supuesto de una mayor permeabilidad de los factores asociados (Mann y Reynolds, 2006; White, Temple y Reynolds, 2010; Jenson, 2010).
En esta perspectiva, Trentacosta y Shaw (2009) realizan un estudio longitudinal sobre la relación entre la autorregulación emocional y el rechazo de pares, observándose una asociación positiva entre éste y el comportamiento antisocial, debiéndose trabajar la autorregulación adaptativa tempranamente. Hawkins, Kosterman, Catalano, Hill, y Abbot (2008) presentan los efectos de una estrategia de intervención multidimensional en el espacio escolar, reportándose efectos significativos en la reducción de la delincuencia adulta. Mann y Reynolds (2006) realizaron un estudio longitudinal sobre la intervención educativa temprana en la delincuencia juvenil, relacionando los factores de intervención y escolarización temprana con la reducción de la delincuencia. Asimismo, Reynolds, Ou y Topitzes (2004) investigaron longitudinalmente los efectos de la participación de preescolares de clase baja en los Centros de Padres e Hijos, evidenciándose mayores logros educativos y menores tasas de arrestos juveniles. Asimismo, Crooks, Scott, Ellis y Wolfe (2011) analizaron un programa de prevención de la violencia escolar, determinándose un efecto amortiguador de éste respecto de la comisión de delitos violentos.
Más allá del ámbito escolar, la revisión internacional da cuenta de programas de intervención hacia la infancia que apuntan de modo general a la disminución de riesgos futuros, en donde la delincuencia es uno de los factores de riesgo. Geenwood (2008) plantea la importancia de focalizar los esfuerzos en la denominada práctica basada en la evidencia, lo cual implica centrarse en indicadores que delineen buenas prácticas, más allá de la perspectiva conceptual a la base. Cole, Mills, Jenkins, y Dale (2005), realiza una comparación entre programas de intervención temprana sobre la delincuencia, incorporando a la medición medidas que denomina de desarrollo social, como la satisfacción escolar, la soledad y depresión, concluyendo que  no hay diferencias en los resultados entre programas. En ambas experiencias, la intervención temprana es una estrategia consensuada, en la lógica de la posibilidad de incidencia sobre factores asociados (White, Temple y Reynolds, 2010).
A nivel nacional, se representa el ámbito escolar como factor protector de diversas manifestaciones disfuncionales, definidas dentro de un campo semejante de problemas sociales: consumo de drogas ilícitas, rendimiento escolar, deserción, conductas de riesgo en general y delincuencia, siendo SENDA (2013) el encargado de articular los esfuerzos entre el Ministerio de Educación y el Ministerio del Interior y Seguridad Pública. Fuera del ámbito escolar, los programas se sitúan en la óptica de cumplimiento de penas, en una perspectiva de responsabilización y control de la conducta delictiva (Ministerio de Justicia, 2005).

jueves, 30 de noviembre de 2017

INFLUENCIA DE LA FAMILIA EN EL AUTOCONCEPTO Y LA EMPATIA DE LOS ADOLESCENTES. TESIS DOCTORAL. María Segunda Íñiguez Fuentes. Valencia.2016 (Extracto)

PRIMERA PARTE.
MARCO TEÓRICO Y CONCEPTUAL
CAPÍTULO 1

INFLUENCIA DE LA FAMILIA EN LA ADOLESCENCIA

En este primer capítulo se aborda la influencia de la familia en la adolescencia, así como los cambios de actitudes de los padres respecto a los hijos y de éstos respecto a sus padres. Se parte de la consideración de la influencia que los modelos parentales y el clima social familiar tienen en los adolescentes en el proceso de desarrollo personal. En base a lo cual se tratan algunos de los cambios significativos en las relaciones familiares en el período de la adolescencia, considerando que en el ámbito familiar esta etapa evolutiva representa una importante alteración de convivencia debido a los cambios que se dan afectando tanto a las conductas de los hijos adolescentes como de sus progenitores.

Por ello, se aborda el aspecto conflictivo en esta etapa evolutiva de la adolescencia, para comprender cuál es la raíz de dicha conflictividad del adolescente respecto a la familia (Oliva, 2006). El contexto familiar de la adolescencia es una realidad compleja, dado que el paso a la etapa adulta no está bien definido por la influencia de diversos factores como el acceso a comportamientos y conductas adultas en diversos ámbitos de la vida adolescente y juvenil. Entre estas conductas están el ocio, las relaciones sexuales o la libertad para elegir. El adolescente suele poner en cuestión “la autoridad” y la escala de valores de los progenitores y adultos con los que se relaciona. Este cambio puede suponer cierta inestabilidad y conflictividad en la familia (Oliva y Parra, 2004), aunque no conlleva necesariamente una ruptura intergeneracional (Cánovas, 2008).

En la actualidad las familias españolas son cada vez menos numerosas y más democráticas, como desde hace una década anticipaba Oliva (2006). Esta realidad conlleva cambios en su estructura y el surgimiento de nuevos tipos de familias, así como las familias monoparentales o las reconstituidas. Por otra parte, la propia realidad de esta etapa evolutiva en constante cambio requiere de necesarios los apoyos del entorno familiar para afrontar las situaciones cotidianas con éxito.

1.1 LA FAMILIA EN EL PROCESO DE SOCIALIZACIÓN

La familia tiene una gran importancia en el proceso de socialización de los hijos al ser en dicho contexto, principalmente, donde se adquieren los valores, las creencias, las normas y las formas de conducta adecuadas a las relaciones sociales. Una de las razones más importantes de dicha relevancia de la familia es el hecho de ser la primera comunidad y el ámbito en la cual se introduce al sujeto en el seno de cada de cultura.

La socialización familiar se entiende como el conjunto de procesos que suceden en el medio familiar, con los que se estimula el aprendizaje y la interiorización de valores, afectos, formas de entender la realidad y comportamientos, con los que la persona se enfrenta al mundo (Lila, Van Aken, Musitu y Buelga, 2006). Desde el nacimiento a la adolescencia, la familia juega un papel relevante en los principales ámbitos del desarrollo adolescente tales como la formación de la identidad, la autonomía y el ajuste psicosocial.

En familia se aprenden las normas que organizan la convivencia en una sociedad y sobre todo aquellas actitudes humanas que harán tener un futuro con éxito (Musitu y Cava, 2001). En el contexto de España, con estudios más recientes  como Íñiguez-Fuentes y Martí-Vilar (2011) respecto a la preferencia de valores de los jóvenes y Martí y Palma (2010) respecto a los adolescentes, señalan en ambos estudios la preferencia por la seguridad familiar entre los cuatro primeros valores elegidos, lo cual nos hace percibir la relevancia de la familia. La socialización de los adolescentes en su desarrollo debe:

"alcanzar relaciones maduras con personas de ambos sexos, adquirir un papel social masculino o femenino, aceptar el propio físico, lograr una independencia económica y emocional respecto a los padres, adquirir unos valores y un sistema ético que guíe su conducta, prepararse para crear una nueva familia y lograr una conducta socialmente responsable (Papalia, 2011, p. 234)".

Ya que los valores se asimilan especialmente por vía emocional, la familia es uno de los principales ámbitos que integra al individuo en la sociedad. Según Romeo, Bernal y Jiménez (2009) el punto de partida de la familia tiene un papel esencial en la educación de los hijos, colaborando en el proceso de las relaciones interpersonales y sociales.

1.1.1 La familia como principal agente de socialización

 La familia es la institución social que acoge al recién nacido y lo conecta con la sociedad, de manera condicionante (Alberdi, 1999). De ahí que sea el primero y el principal agente de socialización de los adolescentes, aunque no el único.

La familia como principal agente de socialización ha sido:

Desde siempre y en todas las culturas el modelo familiar, imperante en cada caso concreto, ha constituido la célula social y cultural más significativa, porque en ella se han producido las transmisiones más influyentes, persistentes y eficaces para la existencia humana. Así pues, pensamos que la familia constituye actualmente un grupo primario complejo de difícil organización (Cánovas, 2012, p. 232).

Según Alzate (2012) los valores los aprenden los hijos en el seno familiar, al verlos practicar a sus padres, madres, hermanos y otros miembros de la familia. Los valores son orientadores que determinan actitudes y comportamientos sociales, por tanto orientan la conducta individual y social. De modo similar también las creencias influyen en los hijos en el proceso de enseñanza-aprendizaje, por ello se han de considerar elementos de socialización.

1. 1. 2 Dimensiones de la socialización familiar

Respecto a los elementos de socialización en la familia, Musitu y García (2001) señalan dos dimensiones: coerción/imposición y aceptación/ implicación, que son independientes y que al cruzar dichas dimensiones, se establecen cuatro modelos de socialización parental. En este sentido se ha de tener en cuenta que esta tipología es ideal, pero que es normal encontrar aspectos de todos los rasgos en las familias e influencias de un estilo en otros.

La aceptación / implicación

El modelo teórico de socialización de los hijos, según dichos autores, se lleva a cabo a través de la familia y tiene aspectos de expresiones parentales que los denominan dimensiones. La dimensión de aceptación/implicación, son manifestaciones de los progenitores hacia los hijos de aprobación y afecto, que los hijos van desarrollando en sus formas de actuar y que se van adaptando a los valores y forma de organización familiar. En sentido contrario esta variable se formará con las respuestas de los padres de indiferencia delante de comportamientos y actuaciones de los hijos, de acuerdo con los valores familiares.

Tal estilo implica la afirmación de la autonomía del hijo y permite considerar las perspectivas de ambos. Para los hijos saberse protegidos por los padres facilitará su desarrollo en las diferentes dimensiones y que Musitu, Román y Gracia (1988) definen en tres vías:

a) El apoyo emocional es el afecto y la aceptación que los hijos pueden recibir de los padres, con manifestaciones de afecto y protección.
b) La asistencia instrumental se refiere, entre otras formas, al hecho de ofrecer a los hijos información, orientación, el apoyo y el cuidado en general.
c) Las expectativas sociales se refieren a las orientaciones para unos comportamientos socialmente adecuados y los que socialmente no lo son.

La coerción / imposición

El estilo de coerción/imposición se manifiesta cuando el hijo no responde adecuadamente a las normas y valores de la familia. La finalidad de este estilo es el cambio de comportamientos no adecuados, en el que se ejerce la prohibición verbal y física. Dicho estilo es expresado por actitudes de los progenitores, a través de las cuales orientan a sus, incluyendo amenazas y castigos.

Otros autores, como Alarcón (2012), señalan al respecto de ciertas actitudes paternas impositivas, que el control parental es aquella actitud que los padres tienen hacia sus hijos, con la intencionalidad de orientar su conducta de acuerdo a las normas de los padres. Dicho control se suele manifestar con actitudes orientadoras, como los consejos, las sugerencias, las amenazas e incluso el castigo.

Conclusiones

La familia según Alzate (2012) tiene la función de educar a los hijos desde el inicio de la vida. Dicha formación ha de tener dos objetivos elementales: el desarrollo del autoconcepto y la competencia social de aprender a aprender. De ahí la relevante función de los padres y tutores, que es la de promover ambientes sanos y adecuados para los hijos, en las diferentes etapas evolutivas.

Para concluir respecto al contexto de socialización familiar, se puede afirmar que tiene unas finalidades en las que va a tener influencia las creencias, las actitudes y costumbres. El horizonte de esta socialización es la continuidad de prolongar el sistema familiar en la sociedad y mejorarlo. Dicha finalidad es llevada a cabo a través de la comunicación de los miembros, generando procesos de socialización (Alzate, 2012). La familia es el primer ámbito social con el que el sujeto se encuentra y es precisamente esa realidad que le irá a influir de un modo u otro. Y señala Cánovas (2012) que:
La familia como primera estructura que acoge al menor posee gran importancia en relación a otros espacios educativos en el desarrollo integral del hijo. En ella, y a través de ella, tienen lugar transmisiones decisivas y persistentes para el ser humano que vienen a realizarse por medio de estilos parentales concretos (p. 149).