domingo, 15 de octubre de 2017

VÍNCULO Y DESARROLLO PSICOLÓGICO: LA IMPORTANCIA DE LAS RELACIONES TEMPRANAS. Karen Repetur Safrany. Ariel Quezada Len.

Entre la etología y el psicoanálisis.

El desarrollo de la Teoría del Apego y el concepto de vínculo están estrechamente unidos a la figura del psicoanalista británico John Bowlby ( 1907-1990). El doctor Bowlby trabajaba en el Departamento Infantil de la Clínica Tavistock en Londres, cuando en 1948 la Organización Mundial de la Salud (WHO) le encomendó la tarea de investigar las necesidades de los niños sin hogar, huérfanos y separados de sus familias, producto de la Segunda Guerra Mundial. Tras su estudio, Bowlby enfatizó que la formación de una relación cálida entre niño y madre es crucial para la supervivencia y desarrollo saludable del menor, tanto como lo es la provisión de comida, cuidado infantil, la estimulación y la disciplina ( Department of Child and Adolescent Health and Development, 2004). Así, el amor materno en la infancia es tan crucial para la salud mental como lo son las vitaminas y las proteínas en la salud física (Sayers, 2002).

Esta teoría no sólo se basó en la observación clínica de niños institucionalizados, sino que también se nutrió de importantes hallazgos provenientes de la etología, entre ellos, los estudios con primates no humanos y los del aprendizaje programado (Bowlby, 1976).

Uno de los centros de mayor desarrollo de investigación sobre interacción social en primates no humanos (monos rhesus) fue la Universidad de Wisconsin. En ella, Harry Frederik Harlow (1905-1981) generó diversas estrategias de investigación en las que fue posible observar que los pequeños primates en situaciones de separación parcial y total de su madre, emitían gritos agudos, intentaban reunirse con ella y corrían de manera desorientada por la jaula, mientras que sus madres aullaban y amenazaban al experimentador. A su vez, los pequeños primates mostraron poco interés por jugar e interactuar con otros primates en situación similar mientras estaban separados de su madre. 

Al reencontrarse con su madre, establecían un fuerte contacto con ella y se aferraban a su figura más intensamente que antes de la separación (Bowlby, 1976). En otras investigaciones en las que se aplicaba durante tres meses un aislamiento social total a los primates, se pudo observar los devastadores efectos del procedimiento: retraimiento extremo, síntomas de depresión, incluso, uno de ellos murió probablemente de inanición al rechazar la comida de su jaula (Griffin, 1966).

En cuanto al aprendizaje programado o impronta (imprinting), éste se vincula al trabajo del etólogo austriaco Konr ad Zacharias Lorenz (1903-1989). Lorenz descubrió que patos y gansos, inmediatamente después de su salida del cascarón, siguen a cualquier objeto en movimiento tal como si fuera su madre, siempre que dicho objeto sea el primero que observan y que no hayan pasado más de 30 horas después de nacer. Este comportamiento es una herramienta de supervivencia de vital ayuda para lograr eficientemente pasar a la madurez (Raju, 1999).

Bowlby, integrando la observación clínica de niños institucionalizados junto con los hallazgos etológicos, pudo llegar a articular la Teoría del Apego, utilizando el psicoanálisis como marco de referencia, aunque el mismo Bowlby (1976) reconoce que en muchos aspectos esta teoría difiere de las teorías clásicas de Freud. Así, los fuertes puntales psicoanalíticos de la Teoría del Apego fueron frecuentemente pasados por alto hasta principios de los años ochenta (Bretherton, 1990), ya que históricamente se desarrolló fuera de la tradición psicoanalítica y se ha basado en conceptos de la teoría de la evolución, de la etología, de la teoría del control y de la psicología cognitiva (Bowlby, 1988).

Sin embargo, en las últimas décadas las fuertes relaciones conceptuales de Bowlby con la Escuela Británica de Relaciones Objetales (específicamente Fairbairn y Winnicott) y con la teoría de Sullivan de la psiquiatría interpersonal, se han hecho cada vez más evidentes. La Teoría del Apego difiere de otras teorías psicoanalíticas de relaciones interpersonales por el mayor énfasis en la salud mental (por oposición a la patología), en las experiencias reales con los cuidadores (por oposición a imaginadas), y en resultados de la psicología académica (Wilson, 1996).

A pesar de estas diferencias, hay varias similitudes (Bretherton, 1990) en particular a partir del uso del concepto de “modelo de trabajo interno” por parte de Bowlby, lo que sitúa a la Teoría del Apego como una teoría de las representaciones internas (Wilson, 1996). Bowlby (1976, 1983, 1986, 1988) propuso que los patrones de interacción con los padres son la matriz desde la cual los infantes humanos construyen “modelos de trabajo internos” del sí mismo y de los otros en las relaciones vinculares. La función de dichos modelos es interpretar y anticipar el comportamiento del compañero, así como planear y guiar el propio comportamiento en la relación. El término “modelo de trabajo interno” es originario del psicólogo británico Craik, quien en 1943 sugiere estructuras de representación dinámicas desde las cuales un individuo podría generar predicciones y extrapolarlas a situaciones hipotéticas (Bretherton, 1990, 1999).

En síntesis, tanto la Teoría del Apego como la teoría psicoanalítica contemporánea emergen de una tradición de relaciones de afectivas que se representan en el aparato mental, en la cual el desarrollo psicológico se visualiza ocurriendo en una matriz interpersonal (Blatt, 2003).

Marco conceptual del la Teoría del apego

El término apego fue introducido por Bowlby (1958, 1969, en Bowlby, 1988), posteriormente fue estudiado por Ainsworth (1963, 1964, 1967, en Ainsworth, 1979) y es actualmente utilizado por los teóricos del desarrollo y del vínculo (Main, 1999).

El concepto de apego alude a la disposición que tiene un niño o una persona mayor para buscar la proximidad y el contacto con otro individuo, sobre todo bajo ciertas circunstancias percibidas como adversas. Esta disposición cambia lentamente con el tiempo y no se ve afectada por situaciones del momento. La conducta de apego, en cambio, se adopta de vez en cuando para obtener esa proximidad (Bowlby, 1976, 1983, 1988). En particular, los bebés despliegan conductas de apego tales como llorar, succionar, aplaudir, sonreír, seguir y aferrarse, aunque no estén claramente discriminando para dirigir esas conductas hacia una persona específica (Ainsworth, 1970; Bowlby, 1976, 1983, 1988).

La conducta de apego es definida por Bowlby (1983) como “cualquier forma de conducta que tiene como resultado el logro o la conservación de la proximidad con otro individuo claramente identificado al que se considera mejor capacitado para enfrentarse al mundo. Esto resulta sumamente obvio cada vez que la persona está asustada, fatigada o enferma, y se siente aliviada en el consuelo y los cuidados. En otros momentos, la conducta es menos manifiesta” (Bowlby, 1983, p. 40) 
.
El postulado original de Bowlby considera que los bebés humanos, como muchos otros mamíferos, están provistos de un sistema conductual del apego, como una condición esencial de la especie humana, así como de otras especies. Esto significa que el bebé llegará a vincularse con una figura materna en el rol de cuidador principal (Ainsworth, 1979; Fonagy, 1993; Jané, 1997). Así, ya sea un niño o un adulto, mantienen su relación con su figura de apego dentro de ciertos límites de distancia o accesibilidad (Bowlby, 1976, 1983, 1986, 1988; Jané, 1997). La indefensión prolongada del ser humano durante su infancia implica graves riesgos vitales, por lo que al parecer el código genético proveería al bebé de conductas cuyo resultado suele ser que madre y bebé estén juntos (Ainsworth, 1970).

domingo, 1 de octubre de 2017

Vinculación entre la vulnerabilidad y la exclusión social y las trayectorias delictivas. Un estudio de asociación. Francesc X. Uceda-Maza. Javier Domínguez Alonso. U. de Alicante. España 2016

Resumen
Este estudio tiene por objeto identificar la relación existente entre las trayectorias delictivas y los factores de vulnerabilidad y exclusión social en adolescentes en conflicto con la ley. Para ello se analizan 281 expedientes de adolescentes en conflicto con la ley de la ciudad de València y se generan 3 trayectorias delictivas: inicial, moderada y consolidada, que se asocian a indicadores de vulnerabilidad y exclusión social. Se muestran evidencias empíricas de su relación. Las trayectorias delictivas y los factores de vulnerabilidad y exclusión social se hallan plenamente conectados, entrelazados y superpuestos. La acumulación de factores de vulnerabilidad y exclusión social en adolescentes en conflicto con la ley funciona de forma que a mayor acumulación e intensidad, mayor probabilidad de desarrollar una trayectoria delictiva consolidada. La demostración de su vinculación es fundamental para modificar la intervención psicosocial en estos adolescentes, ya sea antes del inicio de la trayectoria delictiva, como prevención, o posteriormente, para evitar el desarrollo de una trayectoria consolidada.

Abstract
The aim of this study is to identify the relationship between criminal trajectories and factors involving vulnerability and social exclusion in adolescents in conflict with the law. To this end we analysed 281 case files of these adolescents in the city of Valencia and produced 3 types of criminal trajectory —initial, moderate and consolidated— associated with vulnerability and social exclusion indicators. Empirical evidence of the relationship is provided. Criminal trajectories and factors involving vulnerability and social exclusion are found to be closely connected, intertwined and overlapping. The accumulation of vulnerability and social exclusion factors in adolescents in conflict with the law works in such a way that the greater the accumulation and intensity, the greater the probability of developing a consolidated criminal trajectory. Demonstrating the link between them is essential in order to modify psychosocial intervention with these adolescents, whether this happens before the start of the criminal trajectory or later so as to prevent it from becoming consolidated.

La delincuencia juvenil y su explicación constituyen una preocupación constante para las sociedades. Acertar en ella supone desarrollar políticas públicas eficaces en la prevención y el tratamiento. En la década de los noventa se han desarrollado nuevas tendencias explicativas sobre la delincuencia juvenil. Romero, Luengo y Gómez-Fraguela (2000) las encuadran en 2 grandes grupos: uno, minoritario, en que prevalece la explicación mediante características innatas o neuropsicológicas de los sujetos, y otro grupo, mayoritario, donde prevalecen los factores psicosociales. Respecto a estas últimas se dan 3 enfoques principales: los enfoques interaccionistas, los que se centran en el concepto de la anomia y los denominados integradores.

De forma transversal, en estos enfoques se ahonda en que aceptando la existencia de factores neuropsicológicos que pueden afectar a una conducta delictiva como consecuencia de la influencia de características neurológicas que dominan y determinan respuestas, el punto de partida de la delincuencia es su origen social, de naturaleza compleja y en buena parte un fracaso del proceso de socialización.

Asimismo, nos remiten a la estructura social, es decir, a la situación económica, a la pobreza y a la exclusión social como telón de fondo. También a situaciones de frustración relacionadas con la sociedad de consumo (medios-fines), de vulnerabilidad provocadas por: el fracaso escolar, la falta de inserción laboral, la ausencia de tejido social, la guetificación de barrios y dificultades en la integración social de los inmigrantes (Morente, Barroso y Morente, 2009). Zarzuri (2000) revela que los factores de vulnerabilidad en los adolescentes están más relacionados con las contingencias vinculadas a las causas que generan el riesgo (residir en un barrio con elevada tasa de paro y ociosidad) que con el riesgo en sí mismo (el paro/la ociosidad). Desde esta perspectiva, el tiempo de exposición al riesgo configurará el grado de vulnerabilidad al que se ha sometido un individuo, sobre el que la exclusión diseñará su particular plan de desgaste (Navarro-Pérez, Pérez-Cosín y Perpiñán, 2015).

Existe una delincuencia de carácter aislado y carreras delictivas donde las infracciones forman parte esencial de la vida de los adolescentes y jóvenes. En este sentido, existe un número de adolescentes donde la incidencia delictiva es elevada. Este grupo de adolescentes, que se estima en torno al 5%, es el responsable de la mayoría de los delitos cometidos en un territorio, especialmente de los más graves (Bechtel, Lowenkamp y Latessa, 2007; Henggeler, 1989, 2003; Loeber, Farrington y Waschbusch, 1998; Lösel, 2000). Estos adolescentes suelen persistir y agravar su actividad delictiva, desarrollando carreras criminales estables y crónicas. A este grupo pertenecen aquellos que se inician en este tipo de actividades a una edad muy temprana, posiblemente aun antes de los 12 años y que, durante la adolescencia, tienen una gran actividad en diferentes tipos de conductas delictivas, muchas de ellas con un nivel de gravedad o violencia alto (Farrington, 2008; Howell, 2009; Moffitt, 1993).

El análisis de las carreras delictivas y su vinculación a los correlatos de riesgo han sido agrupados en distintas categorías. Redondo (2008) diferencia entre factores de tipo personal, factores de riesgo en el apoyo social recibido y factores de riesgo situacionales. Los factores de riesgo social conciernen a las posibles carencias de los jóvenes en 4 áreas en las que suele transcurrir su vida diaria: el barrio, la familia, la escuela y los amigos. Y en cada área ubica las siguientes variables.

a) Barrio: alta concentración de desempleo, alta densidad poblacional/movilidad residencial, déficit de control social informal en zonas urbanas y desvinculación social (de actividades convencionales: educativas, deportivas, de ocio).

b) Familia: bajos ingresos familiares, dependencia social: desempleo, enfermedad de los padres, madre adolescente, monoparentalidad (unida a crianza inapropiada), crianza inconsistente/punitiva, abandono/rechazo, familias numerosas e incompetencia parental, niños adoptados, alcoholismo (o drogadicción) o trastornos mentales de los padres, tensión/desacuerdo familiar/conflicto entre padres e hijos, maltrato del niño y padres delincuentes.

c) Escuela: desvinculación/fracaso escolar, absentismo escolar o abandono de la escuela y falta de disciplina.

d) Amigos: pocos amigos, amigos delincuentes, exposición a violencia grave, pertenencia a una banda juvenil.

Los riesgos que asumen los adolescentes en conflicto con la ley (ACL) vinculados a entornos de vulnerabilidad y exclusión social (Scandroglio y López, 2010) en numerosas ocasiones provocan sus prácticas antisociales. Laparra y Pérez Eransus (2008), en su esquema de análisis de los niveles de la integración social, señalan que en los colectivos que se ven afectados por la exclusión social una de las reacciones individuales y estrategias colectivas son respuestas desviadas y conflictivas, dependiendo de los valores y las pautas culturales. En cualquier caso, como señalan numerosas investigaciones, son aquellos que las instituciones de control han detectado (Roldán, 2009; Serrano, 2002). De hecho, los 2 estudios realizados por el Centro de Investigación en Criminología y dirigidos por Rechea, Barberet, Montañés y Arroyo (1995) y Rechea (2008) muestran que la mayoría de los adolescentes cometen alguna conducta antisocial y delictiva como parte de su desarrollo normalizado, de forma ocasional, experimental en muchos casos, y que las abandonan con la madurez. Existe una minoría que destaca por su inicio temprano y escaso desistimiento.

Es fundamental para la intervención psicosocial delimitar estos factores, ya que permiten ubicar la cuestión en el espacio local, es decir, en el lugar y proximidad desde donde se realiza la intervención psicosocial (Botija, 2014). El espacio de lo local constituye un lugar privilegiado donde lo global puede ser observado y analizado (Hamzaoui, 2005). En él se desarrolla la carrera delictiva y se dispone de un marco de gestión territorializado, pues los problemas sociales son cuestiones espaciales, aunque los factores de precarización y exclusión social son extraterritoriales (Martínez, 2010).

Constituyen los objetivos de esta investigación: 1) comprobar la relación entre la trayectoria delictiva y los factores de vulnerabilidad y exclusión social, y 2) demostrar que a mayor exclusión social, mayor probabilidad de desarrollar una trayectoria delictiva consolidada.

Metodología
Participantes

La recogida de datos se refiere al año 2013 en la ciudad de València (España). En el Programa de Medidas Judiciales del Ayuntamiento de València hubo un total de 422 medidas correspondientes a 286 ACL. Se informó de los objetivos de la investigación y se recabaron los permisos necesarios tanto de la Conselleria de Bienestar Social como del Ayuntamiento para la consulta de los expedientes de los ACL.

De la población total de expedientes, se excluyeron 5 por no cumplir los criterios de inclusión (no se disponía sobre ellos de suficientes variables para identificar en qué tipo de trayectoria se hallaban). Se trabajó con los restantes 281 casos para definir las trayectorias delictivas, el 98.25% de los expedientes de ACL registrados en el periodo definido bajo estudio.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Los avatares presentados en el tratamiento de los trastornos disruptivos en población infantil. Estefanía Arango Osorno *, Luisa Fernanda Marín Patiño**, María Isabel Saldarriaga Aguilar***, Carlos Andrés Sierra Galindo**** Juan Diego Betancur Arias (Asesor)*****.Medellin. 2015

Resumen 
El propósito de este artículo está centrado en dar a conocer los avatares, es decir, las situaciones o vicisitudes contrarias o, que se presentan en la intervención psicológica de los trastornos disruptivos en niños y niñas, tarea que se lleva a cabo a través de una revisión desde la literatura científica que da cuenta de los tratamientos utilizados, de la adquisición de conductas adecuadas y eliminación de conductas inadecuadas como resultados obtenidos en el tratamiento que recibe el infante cuando padece un trastorno disruptivo. Palabras clave: Intervención, Trastorno disruptivo, Tratamiento, Conducta desafiante, Conducta.

Introducción

La revisión desde la literatura científica acerca del tratamiento de los trastornos disruptivos, permite vislumbrar que el procedimiento más común a seguir cuando se busca la disminución de patrones de conducta hostil, desafiante, oposicionista, violación de reglas y normas, inatención, impulsividad, etc. (Bralic, Seguel y Montenegro, 1987, Félix, 2003 y Vicente et al., 2010), es el entrenamiento de los padres o cuidadores en el manejo conductual del niño o del adolescente temprano (12 a 15 años) (Sauceda, Olivo, Gutiérrez, y Maldonado, 2006, Costin y Chambers, 2007 y Montiel, 2006), el cual es una de las intervenciones con mayor evidencia, además del tratamiento psicosocial y el uso de medicamentos; por ejemplo, uno de los programas más usados en el tratamiento del Trastorno Negativista Desafiante –TND–, que es uno de los trastornos disruptivos más frecuentes, es el programa de Russell Barkley denominado “Defiant Children”, que “consta de ocho pasos con los que se pretende mejorar la conducta, las relaciones sociales y la adaptación general en casa del niño y del adolescente temprano” (Barley et al., 2001, p. 928) contemplando la intervención de los padres, según señalan Rigau, García y Artigas (2006), mediante unas pautas muy estructuradas y sistematizadas.

Desde el enfoque cognitivo, por su parte, se encuentra el modelo Collaborative Problem Soluing (CPS) desarrollado por Green, el cual parte de la idea de que el problema conductual debe contemplarse como un trastorno de aprendizaje centrado en una disfunción cognitiva y está, por tanto, estrechamente vinculado al lenguaje interno, al control de las emociones, a la motivación y al aprendizaje del comportamiento (Rigau, García y Artigas, 2006 y Félix, 2005).

Es de señalar que hace algunos años el DSM-IV (2004) no incluía en su clasificación la existencia de los denominados trastornos disruptivos; sin embargo, el DSM-V (2014) incluye varios trastornos nuevos, dentro de los que se destacan los trastornos disruptivos, del control de impulsos y de la conducta, el cual abarca niños y adolescentes hasta los 18 años con irritabilidad persistente y frecuentes episodios de descontrol conductual extremo, para evitar su sobrediagnótico y sobretratamiento como trastorno bipolar, entre otras. 

Peña y Palacios (2011) sostienen que los trastornos de la conducta disruptiva –TCD– en la infancia y la adolescencia constituyen uno de los motivos más frecuentes de consulta y asistencia psicológica, neurológica y psiquiátrica; si bien el TND tiene una relevancia clínica importante, son relativamente pocos los conocimientos que existen sobre el mismo, posiblemente debido a la falsa creencia de considerar a este trastorno como una variante o una manifestación del Trastorno Disocial; apenas desde 2007, según los mencionados autores, se han difundido los parámetros prácticos para el diagnóstico y el tratamiento del TND, frente a lo cual el manejo psicosocial es la intervención terapéutica de primera elección. Para Félix (2007) uno de los aspectos más complejos a la hora de realizar el diagnóstico de los distintos trastornos es que existe una parte de la varianza que es compartida por todos ellos, ya que éste tiende a confundirse con otros trastornos en la infancia.

Con base en las investigaciones que se han venido examinando sobre el tratamiento de conductas disruptivas, se ha podido identificar en las diferentes intervenciones y modelos utilizados una serie de avatares que se fundamentan en situaciones específicas como falta de comunicación entre las instituciones y los profesionales de la salud, algunos procedimientos que sólo tienen resultadosadecuados por cortos periodos de tiempo, las posibles respuestas de los demás miembros de la familia en cuanto al tratamiento, la ausencia de evaluación objetiva de conductas apropiadas o adaptativas, influencia ambiental que refuerza constantemente las conductas disruptivas y la falta de acompañamiento de los padres a los niños en el tratamiento.

Sobre dichos avatares trata el presente artículo, buscando con ello crear un precedente a través de un estado del arte, mediante el cual se sistematice y estructuren los contenidos en torno a dicho objeto de estudio, con lo cual se apunta a la necesidad de determinar tratamientos multimodales o multisistémicos de este trastorno, en virtud de la complejidad y multiplicidad de elementos que lo caracterizan.

Los trastorno disruptivos

Los Trastornos de la Conducta Disruptiva (TCD), también llamados trastornos externalizados o del comportamiento perturbador, es un trastorno de la infancia. Los niños con este tipo de trastornos "parecen estar fuera de control, se pelean con frecuencia, hacen pataletas, son desobedientes y pueden ser destructivos" (Sarason y Sarason, 2006, p. 481). Los niños que padecen este trastorno son de especial preocupación para los padres, los docentes y los profesionales clínicos por su irruptividad, pues no prestan atención, parecen ser enormemente activos, se comportan de forma agresiva, rompen las reglas y provocan daños significativos a otras personas y a sus bienes. A pesar de ello, es muy difícil diferenciar estas condiciones y, como consecuencia, el diagnóstico puede no ser el adecuado para categorizar un conjunto específico de síntomas.

El trastorno negativista y desafiante, según el DSM-V, se caracteriza por un patrón de enfado/ irritabilidad, discusiones/actitud desafiante o vengativa que perdura, por lo menos, seis meses y que se manifiesta, al menos, con cuatro síntomas de cualquiera de las siguientes categorías y que se exhibe durante la interacción de, al menos, con una persona que no sea un hermano o hermana:

1. A menudo pierde la calma.
2. A menudo está susceptible o se molesta con facilidad.
3. A menudo está enfadado y resentido.
4. Discute frecuentemente con la autoridad o con los adultos, en el caso de los niños y los adolescentes.
5. a menudo desafía activamente o rechaza satisfacer la petición por parte de figuras de autoridad o normas.
6. a menudo molesta a los demás deliberadamente; a menudo culpa a los demás por sus errores o su mal comportamiento.
7. ha sido rencoroso o vengativo por lo menos dos veces en los últimos seis meses (American Psychiatric Association, 2014, p. 313).

Es de tener en cuenta que hay que considerar la persistencia y la frecuencia de dichos comportamientos para diferenciar los que se consideren dentro de los límites normales de los sintomáticos. En los niños menores de cinco años el comportamiento debe presentarse casi todos los días durante un periodo de por lo menos seis meses, a no ser que se observe que ha sido vengativo o rencoroso durante por lo menos dos veces en los últimos seis meses. En los niños de cinco años o más, el comportamiento debe presentarse por lo menos una vez a la semana durante al menos seis meses, a menos que se observe que ha sido rencoroso o vengativo por lo menos dos veces en los últimos seis meses.

viernes, 1 de septiembre de 2017

La personalidad psicopática como indicador distintivo de severidad y persistencia en los problemas de conducta infanto-juveniles. Laura López-Romero, Estrella Romero y Mª Ángeles Luengo Universidad de Santiago de Compostela

Los problemas de conducta constituyen uno de los fenómenos más analizados durante la infancia y la adolescencia. Dada su heterogeneidad, durante las últimas décadas se ha planteado la necesidad de delimitar los problemas de conducta de inicio temprano a partir de la manifestación de rasgos afectivos, interpersonales y conductuales similares a los que defi nen la psicopatía adulta. El presente trabajo pretende analizar, desde una perspectiva transversal y longitudinal, si la manifestación temprana de rasgos psicopáticos permite distinguir a un grupo de sujetos con problemas conductuales más severos y persistentes. Para ello, se analizaron los datos obtenidos en una muestra de 192 niños de entre 6 y 11 años, de los cuales 133 fueron nuevamente evaluados en un seguimiento realizado tres años después. A partir de los resultados obtenidos en el mCPS y CBCL (padres) y en el APSD y TRF (profesores), se observó que los niños que manifestaban rasgos psicopáticos de forma temprana presentaban mayor frecuencia, gravedad y persistencia de problemas de conducta. Estos resultados sugieren la necesidad de tener en cuenta el papel de los rasgos psicopáticos, especialmente de tipo afectivo-interpersonal, como factor de riesgo con el que delimitar los patrones más severos y persistentes de conducta externalizante. 

Psychopathic personality as a distinctive indicator of severity and persistence for child and youth conduct problems. Conduct problems are among the most discussed behavioral problems during childhood and adolescence. Given their heterogeneity, in recent years, researchers on this topic have called for delineation of early-onset conduct problems on the basis of affective, interpersonal and behavioral traits that resemble adult psychopathy. The present study aims to analyze, from both a cross-sectional and longitudinal perspective, whether early psychopathic traits allow identifi cation of a group of individuals defi ned by severe and persistent behavioral problems. To achieve this goal, data from a sample of 192 children (aged 6 to 11) were analyzed; from this sample, 133 children were followed-up in a new data collection that took place three years later. From the data obtained with the mCPS and CBCL (parents), and APSD and TRF (teachers), we observed that children who showed early psychopathic traits, also showed greater frequency, severity and persistence of conduct problems. These results suggest the need to take into account the role of psychopathic traits (particularly, affective and interpersonal) as risk factors to delimit the most serious and persistent patterns of externalizing behavior.

Los problemas de conducta constituyen un fenómeno de gran relevancia en la actualidad, dando lugar a una de las alteraciones más analizadas en infancia y adolescencia (Thomas, 2010).
Entre las diversas clasificaciones propuestas para su análisis, el modelo de Moffi tt (1993), según el cual los problemas de conducta presentan dos trayectorias bien diferenciadas, ha sido uno de los más analizados y contrastados. Por una parte, el patrón persistente en el ciclo vital se caracterizaría por un inicio temprano del desajuste conductual como consecuencia de la interacción entre un niño vulnerable y un ambiente adverso. Por otra, el patrón limitado a la adolescencia surgiría como una forma exagerada de experimentar el salto madurativo propio de la etapa adolescente (Romero, 2001).

Siguiendo los planteamientos de dicho modelo, los problemas de conducta de inicio temprano, además de caracterizarse por su pronta manifestación, se asocian con un peor pronóstico dada la estrecha relación que mantienen con comportamientos de tipo agresivo, delictivo y antisocial persistentes y severos (Moffitt, 2007). 

Sin embargo, a pesar de las diferencias constatadas con el patrón de inicio adolescente y del extenso trabajo llevado a cabo con el fin de perfilar las características de las conductas disruptivas en la infancia, los problemas de conducta de inicio temprano todavía siguen constituyendo un patrón heterogéneo en cuanto a etiología, curso y pronóstico (White y Frick, 2010). Con el fi n de delimitar este fenómeno, en las últimas décadas se ha propuesto el estudio de la personalidad psicopática en la infancia.

Tal y como se ha constatado en múltiples investigaciones, el origen de la psicopatía podría situarse durante las primeras etapas del ciclo vital (Frick y White, 2008) a través de la presencia de rasgos y características afectivas (e.g., baja capacidad para la empatía), interpersonales (e.g., manipulación) y conductuales (e.g., impulsividad) similares a los que definen la psicopatía adulta (Romero, Luengo, Gómez-Fraguela, Sobral y Villar, 2005).

Partiendo directamente del concepto de psicopatía, Frick, O’Brien, Wootton y McBurnet (1994) comprobaron que entre la población infantil podían ser identificadas dos dimensiones similares a las tradicionalmente analizadas entre la población adulta (Romero, 2001). Por una parte, la Impulsividad/Problemas de conducta, en la que se recogen rasgos relativos a un pobre control de impulsos o ausencia de responsabilidad, característicos del amplio conjunto de niños que manifiestan problemas de conducta (Luengo, Sobral, Romero y Gómez-Fraguela, 2002).

Por otra, la Dureza/Insensibilidad emocional, que agrupa rasgos afectivos e interpersonales que resultarán claves en el estudio de la personalidad psicopática (Patrick, Fowles y Krueger, 2009). Los resultados de diversos trabajos han constatado que los rasgos asociados con la dureza e insensibilidad emocional presentan cierta estabilidad desde la infancia hasta la adolescencia (e.g., Obradovic, Pardini, Long y Loeber, 2007), a lo largo del período adolescente (e.g., Burke, Loeber y Lahey, 2007) y desde la adolescencia hasta la etapa adulta (e.g., Lynam, Caspi, Moffitt, Loeber y Stouthamer-Loeber, 2007). 

Por otra parte, se ha comprobado su importante papel como predictor de problemas de conducta severos (Frick, Stikle, Dandreaux, Farrell y Kimonis, 2005), agresión y violencia (especialmente de tipo proactivo, e.g., Marsee y Frick, 2010) o conductas delictivas (e.g., Lynam, Miller, Vachon, Loeber y Stouthamer-Loeber, 2009). De este modo, la manifestación de rasgos psicopáticos a edades tempranas permite distinguir grupos de sujetos con problemas de conducta de inicio temprano que van a diferir sustancialmente de los demás en el tipo de comportamientos que manifi estan, la trayectoria evolutiva que desarrollan o los factores de riesgo subyacentes (Frick y White, 2008). 

En defi nitiva, teniendo en cuenta la menor estabilidad de los rasgos de personalidad durante la infancia (McCrae et al., 2002), así como los resultados positivos que se han hallado en tratamientos destinados a niños y jóvenes (Salekin, Worley y Grimes, 2010), se justifica el estudio de la personalidad psicopática en edades tempranas a partir del papel que desempeña como factor de riesgo de los problemas de conducta infanto-juveniles, facilitando así la delimitación de los patrones más severos y persistentes (Frick y Viding, 2009). A partir de los planteamientos previos, este trabajo propone como objetivo principal analizar si la manifestación temprana de rasgos psicopáticos permite distinguir a un grupo de niños con problemas de conducta de inicio temprano que van a diferir sustancialmente de los demás en el tipo y gravedad de las conductas que manifiestan, así como en su curso y pronóstico. 

En primer lugar, y partiendo de una perspectiva transversal, se analizará la frecuencia y severidad de las conductas externalizantes ante la presencia de rasgos de dureza-insensibilidad emocional. En segundo lugar, se examinará, a nivel longitudinal, qué tipo de trayectoria evolutiva desarrollan los problemas de conducta en un período de tres años ante la manifestación temprana de rasgos psicopáticos. Método Participantes Los datos empleados fueron recogidos en una muestra inicial (T1) de 192 participantes (72,4% niños) de entre 6 y 11 años (M= 8,05; DT= 1,49), escolarizados entre el primer y el segundo ciclo de Educación Primaria, en 34 centros de Galicia. 

Con el fin de que en la muestra estuviesen representados distintos niveles de conductas disruptivas, a partir de la información proporcionada por los profesores, se seleccionaron niños con elevados niveles de conducta externalizante, así como niños en los que apenas eran perceptibles alteraciones conductuales. La información fue proporcionada por 173 padres/madres y 113 profesores. Tres años después se realizó un seguimiento (T2) a 133 de los 192 casos iniciales (68,4% niños; M= 11,09; DT= 1,45), con el fin de analizar la evolución de los problemas de conducta a partir de la información proporcionada por 106 padres. Esta cifra de sujetos supone un 31% de atrición entre las dos muestras. 

martes, 15 de agosto de 2017

EVALUACIÓN DE LAS CARACTERÍSTICAS DELICTIVAS DE MENORES INFRACTORES DE LA COMUNIDAD DE MADRID Y SU INFLUENCIA EN LA PLANIFICACIÓN DEL TRATAMIENTO. José Luis Graña Gómez1 Universidad Complutense de Madrid. Vicente Garrido Genovés. Universidad de Valencia. Luis González Cieza. Agencia de la Comunidad de Madrid para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor*

Resumen:
El objetivo de este estudio consiste en caracterizar a los menores que están en centros de internamiento de la Agencia de la Comunidad de Madrid para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor en cuanto a sus características delictivas y, al mismo, tiempo validar un instrumento conocido como IGI-J (Inventario para la Gestión e Intervención con Jóvenes) [YLS/CMI (Youth Level of Service/Case Management Inventory)] que permite evaluar factores de riesgo estáticos y dinámicos para explicar la conducta delictiva y desarrollar objetivos de intervención educativo-terapéuticos. Para ello, se ha contado con 208 menores con una edad media de 17 años. Los resultados muestran que la media de delitos por sujeto es de 1.86 siendo los más frecuentes los delitos contra la propiedad. En cuanto a las medidas judiciales impuestas por los delitos cometidos, la media fue de 1.44 y el promedio de la duración de las medidas fue de 8,47 meses. Refiriéndonos al IGI-J, este instrumento ha mostrado unos importantes indicadores de fiabilidad (alfa de Cronbach 0.88) y validez predictiva. Las distintas escalas discriminaron de forma adecuada entre reincidentes y no reincidentes, violentos y no violentos. Se analizan los datos en relación a la planificación de los programas de intervención a desarrollar con este tipo de población. 

PALABRAS CLAVE: Menores Infractores, Reincidentes, Violentos, IGI-J. 

Abstract 
The goal of this study is to characterize minors interned in centers of the Agency of the Community of Madrid for the Reeducation and Reinsertion of Transgressing Minors with regard to their delinquent characteristics and to validate an instrument known as the YLS/CMI (Youth Level of Service/Case Management Inventory), which allows us to assess the static and dynamic risk factors that explain delinquent behavior and to develop educational-therapeutic intervention goals. Participants were 208 minors, mean age 17 years old. The results show that the average number of criminal acts per subject is 1.86, with offenses against property being the most frequent. The mean judicial measure imposed for the offenses was 1.44, and the mean duration of the measures was 8.47 months. With regard to the IGI-J, this instrument has shown satisfactory reliability indicators (Cronbach’s alpha .88) and predictive validity. The diverse scales adequately discriminated between recidivists and nonrecidivists, violent and nonviolent minors. The data are analyzed with a view to planning intervention programs to be developed with this kind o f population. 

  KEY WORDS: minors, transgressors, recividists, violent youths, IGI-J. 

Introducción 

 La conclusión que se deriva de los dictámenes de la literatura especializada sobre los programas que logran mejores porcentajes en la reducción de la reincidencia indica que los jóvenes que cumplen medidas judiciales precisan, sobre todo, nuevas formas de pensar la realidad y de actuar en ella. Estos programas ayudan a que el sujeto desarrolle estrategias más hábiles de solución de problemas; que disponga de autocontrol para no responder con violencia frente a provocaciones, reales o imaginarias y que sea capaz de relacionarse en los contextos escolares, laborales y sociales donde pueda forjar unos hábitos que le permitan adaptarse de forma adecuada al entorno sociocultural en que viva. 

En la actualidad, un sistema de justicia juvenil moderno ha de implicarse profundamente en la generación de prácticas eficaces, basadas en la mejor evidencia científica disponible (lo que se conoce ahora en la literatura científica como “política penal basada en la evidencia” —evidence based policy). El paradigma asistencial ha dejado paso (o al menos queremos creerlo así) al paradigma de la búsqueda de resultados mediante esfuerzos bien diseñados y ejecutados (paradigma de la competencia, intervencionista o criminológico). 

 Así pues, parece que es algo necesario disponer de herramientas con las que poder evaluar cuáles son los factores de riesgo específicos del joven, qué necesidades personales y de su ambiente pueden ser atendidas durante el cumplimiento de la medida con objeto de acortar lo más posible su carrera delictiva. Uno de los instrumentos ampliamente utilizado con delincuentes adultos es el Inventario de Nivel de Servicio Revisado (Level of Service Inventory Revised) de Andrews y Bonta (1995) del que se ha desarrollado una versión para jóvenes delincuentes, el Inventario de Gestión e Intervención para Jóvenes - IGI-J— (Youth Level of Service/Case Management Inventory) de Hoge y Andrews, 2003. El marco teórico en el que se sustenta el IGI-J es el modelo integrado de la conducta delictiva de Andrews y Bonta (1994, 2003). 

Partiendo de las principales variables causales extraídas de la investigación psicológica (actitudes, relaciones interpersonales, historia conductual y personalidad antisocial), este modelo sostiene que la persona no puede ser considerada como algo aislado, sino que vive, crece y se desarrolla dentro de un contexto interactivo y dinámico. De ahí que la escuela, la familia, el grupo de iguales y la comunidad deban tenerse en cuenta como unidades que conforman el proceso de socialización pues la persona, su ambiente y su conducta interaccionan en un proceso de influencia recíproca, motivo por el cual los factores situacionales (ambientales y sociales) deben ser considerados, junto con los personales, si queremos mejorar nuestra habilidad para predecir conductas. Por tanto, es este reforzamiento personal, interpersonal y comunitario el que explica la génesis de la conducta delictiva. 

El IGI-J consta de 42 ítems agrupados en 8 factores de riesgo: 1) delitos y medidas judiciales pasadas y actuales; 2) pautas educativas; 3) educación formal y empleo; 4) relación con el grupo de iguales; 5) consumo de sustancias; 6) ocio/diversión; 7) personalidad/conducta; 8) actitudes, valores y creencias. Cada uno de estos factores está subdividido en varios ítems –entre 3 y 7- que se describen en términos operativos y definidos previamente y cuya información ha de obtenerse fundamentalmente a partir de la observación, del conocimiento directo del chico/a y su entorno, de la entrevista semiestructurada ya establecida para ello y de la documentación que se tiene del menor. Además, la existencia en cada una de las áreas del riesgo de un elemento denominado “factor protector” pone de relieve el esfuerzo de esta prueba (y de la teoría que la sustenta) por definir aspectos susceptibles de ser tenidos en cuenta en la planificación de los programas de tratamiento. Los factores de riesgo se dividen en factores estáticos y dinámicos. 

Los primeros no pueden formar parte de los objetivos de intervención, ya que por su propia naturaleza no pueden modificarse, caso por ejemplo del historial delictivo. Los segundos, cambiables a través de las experiencias vividas y de programas desarrollados con un propósito terapéutico o educativo, son los prioritarios para nosotros. A tales factores de riesgo dinámicos, en la medida en que los juzgamos adecuados para ser objeto de un programa de tratamiento, los llamamos necesidades criminógenas. 

Una de las grandes ventajas del IGI-J es que fundamentalmente toma en consideración cuáles son los factores de riesgo dinámicos o necesidades criminógenas que podrían ser objeto posterior de intervención. 

martes, 1 de agosto de 2017

Adolescencia y comportamiento antisocial. Óscar Herrero, Francisco Ordóñez, Aránzazu Salas y Roberto Colom Universidad Autónoma de Madrid

Lykken (2000) propuso un modelo para explicar la conducta antisocial basado en las dificultades de temperamento y el proceso de socialización. Los rasgos temperamentales que consideró básicos fueron la ausencia de miedo, la búsqueda de sensaciones y la impulsividad. Las diferencias individuales en estos rasgos interactuarían con los factores del contexto que contribuyen a la socialización. Las personalidades antisociales puntuarían más alto en ausencia de miedo, búsqueda de sensaciones e impulsividad. El presente estudio evalúa a 186 reclusos y 354 adolescentes. No se observan diferencias significativas entre reclusos y adolescentes en búsqueda de sensaciones y ausencia de miedo, pero los adolescentes puntúan más alto en impulsividad. Estos resultados contradicen la propuesta de Lykken. Sin embargo, este resultado adverso puede ser re-interpretado desde una perspectiva alternativa. 

Adolescence and antisocial behavior. Lykken (2000) proposed a model to understand antisocial behavior. The model considers the interaction between temperament difficulties and the socialization process. The temperament traits are fearlessness, sensation seeking, and impulsivity. Individual differences in those traits interact with contextual factors germane to socialization. The antisocial personalities must score higher on fearlessness, sensation seeking, and impulsivity. The present study assesses 186 imprisoned and 354 adolescents. No significant differences were found between imprisoned and adolescents neither in sensation seeking or fearlessness. Moreover, adolescents scored higher on impulsivity. The results are not in line with Lykken’s prediction. However, this adverse finding could have an alternative explanation.

Lykken (2000) propuso un modelo para explicar el desarrollo de las personalidades antisociales. Según este autor, hay dos caminos para desarrollar un comportamiento antisocial. Uno de ellos es estar expuesto a una socialización deficiente como consecuencia de una práctica familiar negligente. Este primer camino podría conducir a que el individuo se convirtiese en un sociópata. Por otra parte, una persona que expresase desde su nacimiento un nivel elevado de una serie de rasgos temperamentales podría ser insensible a un esfuerzo socializador normal y crecer sin desarrollar una conciencia. En este caso la persona podría convertirse en un psicópata. Los rasgos temperamentales propuestos por Lykken son la búsqueda de sensaciones, la impulsividad y la ausencia de miedo. Tanto en el caso de la sociopatía como en el de la psicopatía, las personas mostrarían una vulnerabilidad al comportamiento antisocial, pero no se podría hablar de una situación determinista e inamovible. Temperamento y socialización son dos factores relacionados.

Basándose en Gray (1987), Lykken (2000) propone que las personas con alta vulnerabilidad a la psicopatía nacerían con un bajo Sistema Inhibidor de la Conducta (BIS) o con un Sistema Activador de la Conducta muy potente (BAS). El primer caso daría lugar a un muy bajo miedo que podría derivar en una psicopatía primaria, mientras que el segundo conllevaría una alta impulsividad que podría derivar en una psicopatía secundaria.

Existe evidencia experimental sobre la hipótesis del bajo miedo. Hare, Frazelle y Cox (1978) encontraron diferencias en la actividad cardíaca y electrodérmica de psicópatas y no psicópatas durante una cuenta atrás al final de la cual oían un ruido de alta intensidad. Los psicópatas tenían mayor aceleración cardíaca y menor actividad electrodérmica que los no psicópatas. Se ha encontrado también en psicópatas menor nivel de sobresalto (medido mediante reflejo parpebral) cuando se presenta un tono alto durante la visión de imágenes emocionalmente negativas como un cuerpo humano mutilado (Patrick, Bradley y Lang, 1993; Levenston, Patrick, Bradley y Lang, 2000) o mientras se imaginan situaciones que deben evocar miedo (Patrick, Cuthbert y Lang, 1993).

Se han realizado estudios en los que se ha intentado detectar relaciones entre rasgos de personalidad y riesgo de comportamiento antisocial en adolescentes (Ortet, Pérez, Plá y Simó, 1988; Báguena y Díaz, 1991; Furnham y Thompson, 1991) y en población general (Gomá, Pérez y Torrubia, 1988; Gomá, 1995; Rebollo, Herrero y Colom, en prensa), pero no conocemos ningún estudio en el que explícitamente se haya puesto a prueba la teoría de Lykken. El objetivo de este trabajo es contrastar el modelo de vulnerabilidad al comportamiento antisocial. Para esto se ha diseñado una escala de personalidad que mide los tres rasgos temperamentales que Lykken propone. Con esta escala se comparó a una muestra de adolescentes procedente de un Instituto de Enseñanza Secundaria con una muestra de reclusos. La hipótesis principal es que si el modelo de Lykken es correcto, los reclusos puntuarán significativamente más alto que los adolescentes en las tres escalas.

Participantes 

186 personas componían la muestra de reclusos. 154 eran hombres y 32 mujeres. La edad media era de 32,57 (DT= 9,8 rango de edad= 17-67). Esta muestra incluía personas asignadas a distintos grados de tratamiento del sistema penitenciario español (primer, segundo y tercer grado), así como en distintas situaciones procesales (penados y preventivos). La participación fue voluntaria y la evaluación se realizó tanto en los módulos como en las escuelas de los centros 

La muestra de adolescentes estuvo compuesta por estudiantes de Enseñanza Secundaria (N= 354). Con respecto al sexo de los participantes, la muestra contenía 170 chicos y 184 chicas. Sus edades oscilaban entre los 15 y los 21 años (Media edad= 16, DT= 1,62 para ambos sexos). Su participación en el trabajo fue voluntaria y se realizó en el centro en horas de clase. Debe observarse el desequilibrio entre hombres y mujeres en el caso de los internos. Ello obedece a la mayor presencia de hombres en las cárceles, lo que hace que la muestra analizada sea representativa de la correspondiente población penitenciaria. En 1998, la población penitenciaria española se distribuía por sexo de la siguiente manera (Dirección General de Instituciones Penitenciarias, 1998): 35.120 varones y 3.605 mujeres, es decir, el 90% eran varones. En nuestro estudio, el 80% son varones.

sábado, 15 de julio de 2017

LA IMPULSIVIDAD Y LA BÚSQUEDA DE SENSACIONES COMO PREDICTORES DE LA CONDUCTA ANTISOCIAL EN ADOLESCENTES. Bentacourt Ocampo, Diana; García Campos, Sahid Rafael

Resumen: 
El objetivo del presente estudio fue determinar el nivel predictivo de la búsqueda de sensaciones y la impulsividad en la conducta antisocial de adolescentes. Participaron 408 jóvenes: 49.8% hombres y 50.2% mujeres. Para medir la impulsividad se utilizó la versión adaptada de la Escala de Plutchik, que consta de catorce reactivos; la conducta antisocial se evaluó por medio del POSIT, en su versión adaptada para México, que consta también de catorce reactivos. Además, se empleó la Escala de Búsqueda de Sensaciones, constituida por tres dimensiones: búsqueda de aventuras y riesgo, búsqueda de placer, y cautela. Todas estas escalas tienen un formato tipo Likert con cuatro opciones de respuesta. Los resultados mostraron que la impulsividad y la búsqueda de riesgo explicaron 31% de la varianza de la conducta antisocial. Palabras clave: Conducta antisocial, Búsqueda de sensaciones: Impulsividad, Predictores, Adolescentes.

Abstract: e purpose of this study was to determine the predictive level of seeking of sensations and impulsivity of an antisocial behavior in adolescents. 408 adolescents participated. 49.8% men and 50.2% women. To measure the impulsivity, an adapted Plutchik Scale version was used, consisting of 14 items; antisocial behavior was evaluated through POSIT, a version adapted to be used in Mexico, also of 14 items. In addition, the Sensation Seeking Scale was also used, consisting of three dimensions: search and adventure and risk, seeking pleasure, and caution; all scales used did have a Likert format with four response options. e results showed that impulsivity and risk seeking accounted for 31% of the variance of the antisocial behavior. Keywords: search and adventure and risk, Antisocial behavior, Sensation seeking, Impulsivity, Predictors, Adolescents. 

La conducta antisocial se define como una diversidad de actos que violan las normas sociales y los derechos de los demás ( Kazdin y Buela, 2002 ); sin embargo, tal definición es ambigua y frecuentemente se refiere a un amplio conjunto de conductas poco delimitadas. Los mismos autores explican que el que una conducta se catalogue como antisocial depende de los juicios sobre la severidad de los comportamientos y de su alejamiento de las pautas normativas en función de la edad y sexo, entre otras consideraciones, por lo que sugieren que el punto de referencia para definir un comportamiento antisocial sea el contexto sociocultural en que surge la conducta. 

Si bien la conducta antisocial incluye una amplia gama de comportamientos, para los propósitos del presente estudio se refiere a la frecuencia que la que un adolescente se comporta de un modo que va en contra de lo establecido por la sociedad; tal comportamiento podría o no encontrarse dentro o fuera de la ley, ubicado en un continuo que va de menor a mayor gravedad. Se incluyen en ese continuo desde las faltas menores, pasando por los actos desafiantes o agresivos en contra de otras personas, hasta los actos ilícitos penalizados por la ley, como el robo u otros ( Palacios, 2005 ). 

Moffit (1993) explica que la conducta antisocial difiere en cuanto a su topografía según la etapa del desarrollo en el que se encuentre la persona; aunque generalmente dicha conducta se asocia con el período de la adolescencia, tiene su inicio en una etapa anterior. Si bien se espera que la mayoría de los niños se impliquen cada vez menos en conductas antisociales conforme crecen y maduran, una minoría de adolescentes las continúan llevando a cabo de forma incluso más frecuente ( Loeber y Stouthamer-Loeber, 1998 ). Además, dentro de este periodo, los adolescentes van cambiando y acentuando tales comportamientos; así, pueden cometer delitos cada más graves contra la propiedad, o delitos caracterizados por la agresividad y la violencia. 

Del mismo modo, Moffit (1993) plantea que existen dos formas en que la conducta antisocial se manifiesta: una que es pasajera y que forma parte del desarrollo del adolescente, la cual es menos severa, y otra que es permanente y, por tanto, más rígida y problemática, misma que comienza a manifestarse en edades tempranas y que muestra que quien la ejecuta sufre alteraciones de temperamento, del desarrollo conductual y de las capacidades intelectuales, por lo que su pronóstico es menos favorable. 

Respecto a las diferencias por sexo en cuanto a ese tipo de conductas, Rutter, Giller y Hagell (2000) señalan que si bien el ser varón se considera como uno de los indicadores de riesgo mejor documentados para el desarrollo de la conducta antisocial, no podría considerarse como un factor definitivo; no obstante, en México, algunos datos recogidos de la población estudiantil indican que los hombres muestran con mayor frecuencia este tipo de comportamientos en comparación con las mujeres ( Juárez, Villatoro, Gutiérrez, Fleiz y Medina- Mora, 2005 ; Villatoro et al., 2011 ). 

Uno de los aspectos más importantes del estudio de la conducta antisocial ha sido el análisis de las variables con las que se asocia; por ejemplo, Lahey, Waldman y McBurnett (1999) explican que las prácticas parentales, la influencia de los pares y el nivel socioeconómico pueden considerarse como factores ambientales que contribuyen al desarrollo de este tipo de comportamiento. En efecto, los conflictos familiares, la pérdida de los padres y la falta de habilidades en la crianza son los factores principales que pueden intervenir en el desarrollo de la antisocialidad ( McCord, 2001 ; Morrison y Cherlin, 1995 ; Widom y Ames, 1994 ),aunque la desintegración familiar también se ha asociado con la conducta antisocial ( Juby y Farrington, 2001 ). 

Respecto a los factores ambientales, uno de los más estudiados es el vecindario donde crecen los jóvenes; de hecho, los menores que viven en vecindarios violentos tienen mayor probabilidad de llevar a cabo comportamientos antisociales que los que viven en lugares con menos violencia ( Abrahamson, 1996 ; Bursik, 2000 ). 

Dentro de los factores individuales, se tiene evidencia de que ciertas características temperamentales, tales como la búsqueda de sensaciones, la reactividad emocional, la impulsividad y la baja percepción del riesgo o daño son variables asociadas a la ocurrencia de la conducta antisocial ( Del Barrio, 2004 ). 

Búsqueda de sensaciones Por lo que respecta a la búsqueda de sensaciones, Zuckerman, Persky, Link y Basu (1994) la definen como la necesidad de experimentar variadas y complejas sensaciones y el deseo de correr riesgos físicos y sociales por el simple deseo de disfrutar de tales experiencias. Dicha búsqueda se puede expresar, por ejemplo, en los deportes extremos o en la conducción riesgosa de automóviles, entre muchos otros ( Roberti, 2004 ).